Mil quinientos millones de autistas

Publicado: enero 22, 2014 en Uncategorized

                                         “Vete con tus lágrimas a tu soledad, hermano mío.

                                           Yo amo a quien quiere crear por encima de sí mismo

                                            y por ello perece. –“

 

                                                                                    Así habló Zaratustra

 

Tú no puedes amarme.

Escribo con los ojos nubalados sin miedo a repetirme;

después de todo

en tanto repetirme zigzaguean mis miedos

y mis dudas, y mis constantes desprecios por todo cuanto soy capaz

de hacer. Entonces me reinvento. 

 

Carece de sentido. ¿No te jode? ¿Que no tenga

un objeto el ser humano? ¿Que esté aquí por

estar? ¿Y tú qué hiciste?

Brillaste. Soledad. Morir. Dejarnos solos.

Siempre nos dejan solos. Todos ustedes. Pues.

Ya no sabemos qué timbales hacer con nuestras dudas.

Porque no se despejan con tus libros. Tus libros solo trenzan

en mis ojos todo una red de nubes que no se van.

Porque tú me despiertas.

Ustedes, todos, sólo nos despiertan.

A otros ni les importa. Necios hijos

de puta. Lo único que hacen es

peinarse. Su arte es

antiestético. Y hablan tanta basura porque hablan de cosas que ellos

mismos no se creen.

De cosas que no sienten.

Que no viven. Ellos no sienten nada.

A ellos no les despiertas ni la red de nubes ni un cabrón bombillo

                        en el cerebro.

Tú no debes saber qué es un bombillo. (Ellos qué es un cerebro.)  

O sí. No sé. Es que a veces me ocupo tanto de mis propias cavernas,

de mis propios amores y desprecios que olvido hasta que

    debo despreciarte.

Porque tú nos lo exiges, hijoeputa.

Luego vienes y dices que me amas.

A mí.

Pero es tan falso. Mi rebaño me dice que es tan falso.

Nada menos que a mí. A mí que no padezco de espirales. O sí.

Sí que padezco. Pero no del silencio. No,

porque esa simpleza a que le temen (a la que tú algún día le temiste)

siempre es mi “pensamiento cardinal”. Mi libertad. Mi open.

Filosolfeo. Muerte. Determinadas muertes del azar. Entonces. 

Si hay alguien que me oprime desde niño es el señor Aislamiento.

El que me hace escucharte aunque dispares a la nada.

La nada también puede

que

sea

yo.

¿No te parece?…

 

Pero deambulo como de costumbre en mis ojos nubalados.

Ya sin premoniciones.

 

¿Si me masturbo?

¿O fumo?

¿Si no pienso?

Si ya no pienso debo ser feliz.

Pero quiero crear. Quieres amarme. Aunque el rebaño diga que no

es cierto. Que son meros autismos de nosotros. Como una

    ofensa. Pobres. No comprenden.

Nuestros autismos son precisamente nuestros más poderosos armamentos

contra un rebaño de justos

que braman por un autista para venerar.

Porque de eso se nutren.

Y de odio. Y de comprarlo todo con dinero.

Y no lloran. Ni sienten. Ni sonríen.

Obedecen. Carecen de sentido.

 

 Y mis constantes desprecios por todo cuanto soy capaz

de hacer hacen que me reinvente. Que escriba con los ojos nubalados.

(Aún tengo los ojos nubalados). Nunca temor de tanto repetirme.

Quiero. Yo quiero. Tú amas al que quiere.

Y luego, muy despacio, te nos alejas fiel de tu caverna, dejándonos el límite

preciso, el espacio para ser…  

 

Luego no haremos nada.

Jamás haremos nada conveniente sino lo que tú hiciste.

Brillar. Temer. Morir. Dejarnos solos.

Dejarnos solos a nosotros mismos.

Y todas esas dudas que arrastramos las arrastrarán luego nuestros hijos.

Los hijos de sus hijos. El futuro.

Las cosas simples nunca se comprenden, solo se santifican.

Como se santifica lo complejo, lo sobrehumano que se nos muestra

lumbre aunque sólo sea cenizas.

 

Porque lo codicioso es inherente, como todas las ruedas giran

sobre sí mismas hasta que avanzan o hasta que se parten.

O hasta que el hombre creador del vicio

y de todo lo complejo que no entiende

se arrodille por fin ante la inercia de su dios.

 

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