Archivos para febrero, 2014

1

Llevaba par de horas con el cuento de escribir la novela. Abrí dos veces la carpeta aquella de los cruentos de Beckett y me di cuenta de que no son tan buenos. Que solo son geniales, y que yo… yo tengo a estas alturas todavía una novela en cientoytantas páginas sin editar, un poco, más o menos, organizadas mal casi sin diálogos, y una voluntad férrea de acabarla.

Mejor que la termines, me dije, y me lo dije durante noches largas y mañanas, y mediodías enteros fumando que te fumando sin poner una letra coherente, sin tirar ni el más ínfimo cachimbacito e mierda que me diga “anda chamaco, avanzas.”

Lo que pasa es que voy pa 23. Y pasa que mi madre me mantiene. Y tengo un chama ahí, pasteurizándose dentro de la barriga de mi novia. Doscientos dólares dentro de un bolso de los que ya se fueron casi quince. Y una casita aquí a medio pintar.

Lo que pasa es que ya he subido y bajado las mismas escaleras varios millones de veces para buscar cigarros, y no me ha dado nunca por escribir un cuento acerca de cómo coño la esquizofrenia esta que despunta me ha puesto el cerebelo a contar los escalones, porque desde el concurso aquel funesto de cálculo en primaria, dejé de calcularlo todo, toda la mierda esta que se mueve y que antes me daba por saberlas todas, como aquellos muñequitos rusos de plastilina, los que también quieren saberlo todo… Divago. ¿Ves? Divago.

El punto es que esta noche todavía no he puesto a calentar la cafetera, estoy botando triángulos por el cerebro al rostro. Vertiendo aristas de cosas que ansío desde la mano hasta un papel que está aquí enfrente, pero que sin embargo no existe. No es real. Y todo gracias a la magia de la tecnología… Acabo de escribir algo con flow. Pienso métrico. Músico. Pienso en segundas voces y en los coros, y en los corros de burros rebuznando esta letra cuando algún día si algún día es bueno, sea un buen escritor.

2

Esa última línea tuve miedo de ponerla. Sabía que iba a ser un final bueno, como que si ahora mismo en lugar de final bueno, hubiera deslucido las palabras, las mismas dos palabras invertidas, hubiera sido otro final magnifico, de estrellas, de solemne.

Una canción se me ocurre, y no es tampoco una buena canción. Es simplemente una canción mediocre acerca de un tipejo tristón y melancólico, angustiado porque ya hace dos noches que no duerme su esposa, porque hoy ha caminado 100 kilómetros, y con ello bajado cinco libras de las libras del niño que no es realmente un niño, que es un árbol, un arcoíris ahí, ramificándose, soltando colorines hacia todos los puntos grisoláceos de esta felicidad.

El problema es que un día, probablemente en unos cinco, quizá unos tres minutos, la canción se termina mientras dice que es duro terminarla, como todo, todo menos el cuentecillo este que debió terminar hace dos párrafos, dos párrafos y medio, pero que estiro y estiro y estiro mientras cuelgo la vida del clavo en la pared que estaba puesto para guindar los ojos de un negro que se ha pasado el año entero mirando cómo singo con mi mujer, cómo la pongo en cuatro, en cinco, en ocho piernas. Es mi mujer araña. Y es mi niño. Mi niño entonces quizás sea un pulpo; pero creo que alguien debió haber tenido antes los cojones de decirle a los Beatles que son unos pedantes. Que la mitad de todas sus canciones son mierda inglesa en cajitas rosadas con lazos y gangarrias. Que hay un momento, un instante bendito, en que todos los submarinos, tal como todos los tarecos humanos, se hunden pal carajo, se divierten, se les van a bolina los tornillos y piensan de momento que han dejado de pensar a manera de novelista, o de cuentista, o algo, y han hecho un texto añil.

3

Alzo la mano a medias. Vamos, que alzo la mano con el codo doblado y meneo la pancita. Ibbaé bombochecua. Andaribele incierto y aguardiente. Un tabaco en un vaso que le puse a esta sombra que me tiene, a este muerto limpio que anda de aquí pa allá su recorrido nocturno, que ya le toca cuidarnos la puerta porque tiene un complejo del carajo de CVP y que yo me creo que existe. Me pica el cuerpo. Por toda la espalda. Sudo escuchando una canción contenta. La frente. La garganta. Me están sudando todos estos nervios de una manera rial.

Bailo y me tranquilizo. Brinco y meneo, mano en la cintura, la lengua afuera y botando lo malo con la mano que tengo a medio alzar. Ibbaé carpintero, que estoy solo. Ibbaé CVP mientras me insomnio. Puedes irte a dormir tranquilamente mientras controlo el impulsito este de coger tu tabaco y encenderlo. Porque a esta hora no venden cigarros. Y me están dando ganas de fumar.

4

Bosque noruego es una buena pincha. Repienso lo que dije hace un momento mientras escucho algo que ni entiendo, que ni supiera de qué diablos habla sino tuviera el titulo copiado en la parte inteligente del reproductor de Windows. Pero que suena hermoso. Y que lo hermoso, merece trascender.

Además, hay algo misterioso en la manera en la que ella mueve el culo. Un algo melancólico y basal. Algo que hace que gire la cabeza como gira un molino, como si el movimiento misterioso de su culo fuera el viento o el agua recorriendo las aspas de este cuerpo gordachón de una punta a la otra. Yo no sé. Yo no sé.

Cierra los ojos, que has visto una cara y no quieres olvidarla. Cierra los ojos, y haz que funcionen como el chirimbolo refractor del lente de una cámara que captura las luces, y las sombras. Aunque es difícil que captures sombras. Porque según me han dicho, hay una raza de ángeles de tierra materialmente compuestos de una sustancia amarillenta, suave, que únicamente, intransgrediblemente, permiten a la doña luz pasar.

Y déjame tomarte desde abajo. Alzarte por los aires y llevarte a recorrer los campos de lechuga con los ojos cerrados. Con los ojos cerrados, porque dicen, que de esa forma es más fácil vivir.

5

¡Pum! Wuuuoonnn… ¡Pum! Wuuuoonnn… ¡Pum! Wuuuoonnn…

Hay otra vez algo mal con el mundo. No debe ser normal el agua hirviendo, un impulso ecuestre como el que ahora de pronto me ha secuestrado las manos alzadas y las ha puesto a caminar descalzas encima del teclado, sin dedal, sin aguja, sin los nervios.

Todavía me pica todo el cuerpo. La espalda, la verija, los cojones. Me pica el suelo, sudo, lluevo goticas acidas de los poros del cuerpo que corretean fieras hasta la mesa, y de la tabla al cielo, y del cielo a los versos prosaicos míos estos (¿hay otro modo de hablar de estas prosas?). Todo esto está perdiendo ya sentido. Y hay como un magnetismo que me hala, me tira contra la herrumbre de la sillita en la que planto el culo, y me encola los dedos al papel.

¡Pum! Wuuuoonnn… ¡Pum! Wuuuoonnn… ¡Pum! Wuuuoonnn…

Suena la madrugada. Una guitarra. Quiero tomarte fuerte de las manos y sentarte en mis piernas, y mis piernas, sentarlas sobre las rocas del Morro, sobre una balsa de goma de carro zarpando desde el Morro, con los ojos clavados en el mar.

Una ballena gime en mis oídos. Es un efecto de guitarra, creo. Pero una mujer canta y me provoca una serie de paz, como una euforia que hace que me rompa de manera que nunca pueda armarme, y que recuerde a un tiempo lo fuerte que puedo llegar a ser si me propongo algo como terminar una novela. Si me propongo algo como que cese la comezón de mi espalda, y este calambre ahora como las manos de un muerto que fuma recorriendo mis hombros mientras sudo, me pongo inconcebiblemente rojo, y ceso de escribir.

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A mí que me disculpen. Asumo humildemente que es probable que el teatro y yo no nos llevemos bien. Por lo menos el teatro posmoderno, o cómo sea que le llamen ahora. Asumo incluso que lo más probable es que haga hasta el ridículo. Pero voy a contar todo lo visto como lo he visto y punto… Por no quedarme con eso por dentro. Y por si alguien se siente como yo…

Son las siete pm. Estoy sentado en G con mi hermanote contándole un pasaje pelúo, misterioso, que me eché hoy en El Morro y que será objeto de investigación… Pasan unos colegas y nos invitan al Ciervo Encantado. Es gratis –dicen-. Y van a dar laguer… Una socia que trabaja con ellos me dijo que iba a estar interesante…

Quien nos invita es una vieja amiga precisamente estudiante del ISA, precisamente estudiante de Teatro. Fuente confiable al fin, y con cerveza de por medio, mi hermano y yo caímos. Y llegamos.

La entrada no era gratis. Ocho pesos. Nos dan un tique con un numerito y una especie de flayer promocional de la obra. Mi número es el 11. La cosa a la que yo le llamo flayer es una hoja de tamaño clásico. Tiene un dibujo con miles de pixeles típicos de los dibujos del Paint. Un muñeco más grande comiéndose un muñeco más pequeño que grita presidiario de una bolsa de té.

“El Ciervo Encantado/ presenta/ Café Teatro/ La Última Cena/ Dirección General/ Nelda Castillo.” –dice, literalmente.

El tique de mi hermano no tiene numerito. Será una rifa o una cosa de esas, bromea el novio de la socia aquella. Pienso que tal como me estoy sintiendo con lo del numerito debe sentirse el camión de latinos que va a espantarse Sábado Gigante a ver si la suerte le depara un carro. O un dinerito fácil, necesario. O salir en el vidrio, por lo menos…

Digo que aquello de La Última Cena debe ser que te brindan la cerveza y al salir te disparan. Un chistecito malo, de rutina.

Las ocho en punto. Según el programa, toca un performance de una tal Martica Minipunto. “Pragmáticas del yo.”

Martica es una gorda sentada en una silla rapeando incoherencias acerca de… acerca de ni pinga. Hablando mierda asere. Mierda rusa. Media hora inventando lo que mi hermano y yo hemos catalogado magistralmente “Teoría del Globo”. ¡Asere que te cogen y te inflan! ¡Media hora mi hermano! ¡Media hora una gorda en una silla hablando una morronga que ni Umbertico se hubiera hecho Eco! Algo diametralmente superior a aquello de lo feo que también tiene Estética. Algo que el pobre Umberto debió haber estudiado antes de hacer sus pinchas de semiótica… ¡A ver si es que él entiende, y me lo explica!

De todo lo que pasó por mi cabeza, lo menorcito así fue ir a buscar el pan y virar luego. Hasta le pregunté al cuidapuertas si me dejaba entrar un poquito más tarde… Pero dijo que no.

Media hora después. Una tipa disfrazada de vieja con colorete y rolos sale a decir que hay que hacer una cola. Los que tienen los tiques sin numerito, pal lao de acá. Esos son los disidentes. Los que tienen los tiques azulitos pal medio. Esos son los que se quedan. Los de los tiques negros pal lao de allá, que son los que se piran. Me toca pira. Voy pal lao de allá.

La tipa dicen que es Mariela Brito. Y organizar al público es su acto. Y su acto se titula “Orden en el parque de los suspiros”. Gracias a Dios…

Entramos al salón… Ah, porque a todas estas, la muela de la gorda fue en el patio, en la parte de afuera de lo que viene siendo el saloncito. Y hubo hasta quien la fue a felicitar…

En el salón un par de dibujitos con el mismo muñeco comedor de muñecos más pequeños. Uno que si Internet. Otro de un tal Martí que se va a hacer un blog llamado Patria. Y el otro muestra un padre diciéndole al chamaco que le quitaron la leche porque “pueblo que no llora no mama.”

Más arte conceptual.

Una luz. Una tipa vestida de Elvis Presley chamusca en un inglés españoliao que está contenta de que haya italianos y/o extranjeros cualquieras en el público. Baila temas de Elvis, de Son cubano, de Miguel Cuní. Y el Globo aquel creciendo.

Esa es Nelda Castillo. La doña que dirige la Inflación.

La oscuridad. La luz. Y ahora un tipo. Guindando a la cintura lleva una poliespuma que asemeja una balsa. Un par de pomos. Banderas cubanas. Y el respectivo señor culo al aire. Risa pa los mediocres. Más de lo mismo que se me hace ahora una metáfora bastante buena. Me están vendiendo el culo mi consorte. Triste. Míseramente, literal.

El tipo es una socia. Grisell Monzón se llama. Su acto está compuesto por una pizarrona en la que escribe dos o tres palabrejas con una ortografía maluca que no sé si forma parte del performance o es que la miss Grisell, sencillamente, conceptualiza el arte posmoderno sin saber escribir.

A palabrejas tontas, moralejas más tontas. Otro balsero que se hecha pa atrás.

Y después, Abel Rojo. Un pájaro de tres metros de alto encaramao en tacones enseña a los guanajos del público a bailar. La gente ríe. Tiene el culo afuera. Otro que vende el culo por ocho pesos y poquito de fama. La gente ríe y yo miro a mi hermano. Me levanto y me voy.

Sin conclusiones.

Lo más triste de todo es que esta crónica es lo más aburrido que he escrito desde el día en que me dio por escribir. Y que así de aburrido, ansioso de final me sentí toda la noche; desde que entró la gorda hablando cáscara hasta que salí echando del teatro. Con ganas de que me devolvieran mi tiempo. Mis ocho pesos. De tomar cerveza… Y con un agujero espeluznante en el lóbulo frontal de mi cultura. Aunque si la cultura nueva esta es igual a la suma de hablar basura con el culo al aire, me quedo inculto y de lo más feliz.

Así que si ahora mismo me tomas por imbécil; si lo que estás es pa cogerme el cuello y sometérmelo a garrote vil, misión cumplida dice mi conciencia.

De tanto inflar el Globo, reventó.

1

Ya van 36 horas sin Santiago y todavía lo lloro. “Como si fuera el puro” –le dije anoche a mi hermano Jorgito metidos dentro de la cosa aquella con un gravamen de melancolía y una ligera intención de homenaje. “Se nos fue el puro asere. Se nos fue.”

Era un tipo tan bueno que mira ahora cómo me consuela. No demores la calma/ no solloces de más por ahí/ Uno gana lo perdido/ con lo que vendrá… Y luego el chelo, el piano, el equilibrio. Y algunas otras cosas que también…

2

Al Instituto entré con la mejor sonrisa roja de mis clases de teatro. La gente si agolpada, no tan grises. Grises del akokán solo unos pocos.

Me sentó mal el farandulerismo. Las putas con las ropitas de moda. Y un camión de estropajos recién salidos de “mi Facultad”, luciendo sus atuendos de periodistas noveles, con camaritas noveles y peinaditos noveles que duraron 30 minutos dentro. Partieron pal carajo no más se dieron cuenta de que tenían fotos suficientes. Entrevistas suficientes. La artillería solemne necesaria pa una mediocre nota informativa.

Me sentó mal un tren de mongoloides, g-cafeteros con sus botas recién ensuciadas y sus pantaloncitos recién entubecidos. Sus cigarros con filtro especialmente comprados con la mesada materna pa la ocasión. Y la guitarra al hombro. Pa no saberse un puñetero tema de Santiago. ¡Ni “Para Bárbara” asere!

Así que me senté en una esquinita. Sin saludar. Con mi esposa y mi hermano. Y mi otro hermano triste como un cuadro de Munch.

Hasta que entró Gerardo.

“Mis amigos eran dioses para mí…” Y se me partió el pecho. No pude más. Lloré cojone como se llora a los amigos buenos. Pajarerías mías, probablemente. Pero necesitaba ahogar la ausencia. Necesitaba dejar de pensar.

3

Lo demás fue cayendo deontológicamente. Barnet, Bernal y el señor Abel Prieto se escabulleron junto con las cámaras, después de destacarse en el paneo.

Silvio no estuvo ni por allí cerca. A Carlitos Varela me dicen que lo vieron merodeando. Demasiado ocupado desorbitando el cover de sus conciertos próximos. Frank si se rajó en llanto. Y de Gerardo conservé la imagen de su niño acariciándole el pelo. En gesto como de “calma, papá…”

Tampoco vi a Robertico Carcassés. Ni a Oliver Valdés. Ni al resto de los miembros de la banda del Santi… Eso no significa que no estaban. O que no estaban cuanto menos, tristes. Solo que no los vi…

Admiré la actitud de Fidel Díaz. El buen Diablo Ilustrado derrumbado, dolido en una esquina, dándole vueltas a sabrá dios qué versos, a sabrá dios qué hechizo cronicado, sin tomar parte en la puesta en escena.

Y Eduardo del Llano con su novia, o su nieta. Recordé su discurso sobre la moral doble y me tuve que reír.

Frank Fernández tocó el Ave María y también fue bajando. Alexis Díaz Pimienta y unas muy buenas décimas, y un muy buen Lada, y un muy buen chofer. “Yo lo sé. Yo lo vi”. Los López- Nussa. Algunos trovadores. Y un camión de impostores famosillos importantes haciéndose el curriculum del mes para el estímulo…

La lluvia llegó tarde. Debió caer un par de horas antes. Pero vino a caer precisamente para joderme lo del parque Lennon. Pero vino a caer…

4

Y yo como si aquello me importara. Tal vez presente por el compromiso. Porque tenía que estar. Por la tristeza. Porque quizás si hubiera sido Silvio no me hubiera dolido demasiado. Porque pensé en un trueque con la muerte y que se llevara a to esos impostores. Hasta a unos cuantos no tan impostores. Y que nos devolviera la gaguera del zurdo aquel que no estará de vuelta… Las canciones, el disco que nos debe.

La vida vive/ con y sin nosotros. Sigue viviendo ahora en el vientre de mi esposa. De la esposa de Santi que según dicen, dará a luz en marzo probablemente a un zurdo no tan bueno. Probablemente sí. Probablemente…

Lo único confirmado es que Santi se nos marcha, y que yo todavía ni lo creo. Que se nos va y yo inmóvil, permanente… Viendo cómo timbales sobrevivo la próxima mitad.

Las únicas palabras que crucé con Santiago fueron unos saludos desde Chile. Y el hueco en una foto que me cedió después de verme eufórico, dos metros debajo del escenario, despojándome el alma (deshojándome el alma con que escribo) de la infantil idea de esperar…

“Hay cosas que le duelen a uno con cojones”, dice mi hermano Aynel desde su Facebook. Yo digo que es que hay cosas que te cogen po’ el cuello y te ripean, te zarandean todas las neuronas, te bajan la presión de los sentidos y te obligan a asumir, sin cauterizo, la presión corporal de las mañanas, de azogarte a la vida el desespero después del cigarrito y el café.

La vida se equivoca. Dios también se equivoca, o empezó a equivocarse desde que se llevó a gente como Nietszche, como Aristóteles, como Teresita, como mi bisabuelo… Dios es quién se equivoca. La vida solo es un tiempo que sigue. Y sigue. Y sigue. Siempre.

Me llegó la noticia de la manera ecuánime en que se presentan las noticias malas. Mi esposa en un mensaje. Un mensaje de un amigo que me dice que el Santi se partió en una fiestonga, por si de algo me sirve. Que se siente hecho polvo. Y otro más.

Bajé casi cayéndome las escaleras grandes del Progreso donde hace días vivo. Compré un cigarro y lo fumé cantando. Cantando que la vida es otra cosa/ cuando la soledad/ es otro cuento/ Son unos pocos días/ que entonces no se acaban. No se acaban. Pero llegó el final.

La nada y el pasado se encontraron por fin en un infarto. Se tomaron las manos. Y se llevaron los dientes/ la barba/ la guitarra al revés que le distingue. Se llevaron un ser perfecto/ vago/ zurdo/ una reunión ahí que tuvo el Diablo con el mismo Dios equivocado aquel.

Se llevaron al tipo que paraba cien veces los conciertos pa afinar la guitarra. Pa fumarse un cigarro sobre el piano. Para alisarse el pelo. Pa joder.

Al tipo que rasgueaba con el índice y hacía brotar flores de las cuerdas, como el duendecillo Stanley del pulgar. Al tipo que ha hecho de septiembre ahora (y todos los septiembres desde ahora) un pez aleteando tranquilo la nostalgia para poder decir.

Se llevaron un beso desmedido. A Julieta. Un Bolero. Otro Bolero. Unas nauseas de pinga por el siglo que se me viene encima con un niño como a él su siglo se le vino encima. El primer mortal motivo. La crónica imposible de mi vida. Mi problema y pasión…

Maldita lluvia lloviendo en mis ojos. Que me hacen ver el mundo en negro y blanco.

¿O fue todo corriendo?  

Dice Silvio en su Cita que llevaba días pensando en él. A mí seguro no van a creerme que anoche, a las dos de la mañana, leía con mi hermano sus canciones. Decíamos que quién coño podía ser tan caballo de ponerle trompetas a “Rosario”. Unas trompetas tristes que me suenan a lo que siento ahora. Esas mismas trompetas que siempre andan los ángeles soplando. Y las que sonarán hoy en la tarde en el Instituto Cubano de la Música mientras queman su cuerpo. Mientras se abre una herida tremebunda en la gente que lo admira. Que va a elevar al viento sus canciones toda la noche en el parque John Lennon. La gente como yo…  

Nadie tiene la culpa de morirse. Son cosas de la vida. ¡Ay! ¡LA VIDA! Cosas que un día así de simplemente, ya no se tienen más.

 

Ansias del alba
(Santiago Feliú)

Viaja en el tiempo
todo el silencio
que los hombres dejaron
detrás de sí.
Monta en su cuento
todo el invento
que su corazón deja
escapar.

Pasarás y las piedras serán
tu perdón, caminante
que vas volviendo a nacer.
Si te acercas, verás
que podemos sentirlo los dos
y por fin de nuevo… a volar.

Tintos en sangre,
mares y el viento
del humano que pide vivir aquí.
Toda tu vida
corre el peligro
de vivir lo que quieres creer.

Savia del alma,
aventura en la sangre
que no ha de morir.
Y si no, ¿cómo hay que seguir?
Pronto será cuando estemos
sintiendo otra vez por amor;
y si no, ¿qué puedes tener? ***

Dame un pedazo,
llévame en brazos,
que otra vez necesito
sentirme en paz.
Patria sagrada,
ansias del alba,
no te olvides que andamos
muy mal sin ti.

Danza en el hombre
un infierno capaz
de matarse y matar,
desde la ternura hasta el sol.
Fieles amantes,
cerrojos y pactos,
y madres que están
reclamando milagros del bien.****

Vueltas eternas,
calles desiertas,
la memoria girando
en la luz.
Y viaja en el tiempo
todo el silencio
que los hombres dejaron
detrás de sí.