Botero

Publicado: abril 3, 2014 en Uncategorized

 

botero

 

Por Randy Cabrera Díaz

 

Odio los días de verano. Me parecen, en sentido personificado, inútiles y contradictorios. Lluvia y sol no tienen orden. Lo mismo hay un calor del carajo, que un aguacero insoportable que limita y hasta suspende cualquier diligencia. Yo le echo la culpa al país, a la posición geográfica y hasta a la madre que me parió. Más que todo, odio el sol y la lluvia. Pero hay pocas cosas que no odio. Odiar es un buen ejercicio para mantener al día los sentimientos.

En el Chevrolet 51 de mi abuelo la cuestión del calor es peor. Cuando el motor lleva unas millas recorridas comienza a filtrar el humo al interior y se hace insoportable el sopor, el vaho aceitoso y el olor a carretera. La carretera tiene un olor singular. Quien haya reparado en ello podría confirmar esta idea. Es un olor a polvo y asfalto, a sol, y cuando cae un chubasco enseguida cobra pureza y es más perceptible.

El carro de mi abuelo es un almendrón, un artefacto perecedero solo por la voluntad diaria del dueño. Pero es también el sustento familiar y el único vestigio de las glorias de antaño. No queda nada más. El boteo es el negocio familiar, lo ha sido durante varios años. Primero mi abuelo, quien motivó a mi tío. Éste en sus tiempos fue el modelo ideal de botero: avezado, mujeriego, belicoso. También mi papá, independientemente de su trabajo estatal, daba sendas vueltas Habana-Cotorro, línea habitual de la familia. Por alguna cuestión hereditaria lo del boteo llegó a mí, como antes la necesidad de aprender a conducir. Los patriarcas me decían: “Hay que aprender a manejar que los estudios no lo dan todo”. Y estaban en lo cierto. Pero esto lo supe solo tiempo después.

Así, con las directivas aprendidas y la motivación fundamentalista de la necesidad de tener mi propio dinero, decidí un día cubrir la ruta hasta la mitad, esto es, Cotorro-Virgen del Camino. Y lo hice. Y me gustó ver entrar el dinero casi sin esfuerzos. Mi dinero. Desde ese día fui universitario y botero.

Todo ese verano estuve boteando. Cada tarde  pasaba un trapo al viejo Chevrolet y salía a lucharla, sin apuro, con convicción. Y era feliz. Me divertí con el viento que tragaba la ventanilla, y hasta con la lluvia y el sol.

El diez de julio hice par con mi almendrón como cada día. Fue una buena jornada, al inicio. Recaudé bastante en la ida del Cotorro a la Virgen del Camino. Era una tarde agradable. Ni sol ni lluvia, perfectamente intermedia. Llegué al destino en treinta minutos. Un viaje rápido, sin complicaciones. Doblo en la rotonda—quien haya varado en la reconditez  de San Miguel del Padrón sabe la localización— para recorrer el mismo trayecto ahora hasta el Cotorro, pero demoro en incorporarme a la calle principal. El tráfico es imposible. Al fin lo logro luego de diez minutos. Entonces comienza a llover, una llovizna fina preludio de la tormenta.

Primera mano. Una mujer cargaba una niña, pequeña. Montaron. La madre estaba agitada y tenía el pelo tremendamente revuelto y en la cara la angustia de los desposeídos. No la angustia aparente que tantos fingen, sino la angustia real, la que tiene un rostro propio, trabajado por las tristezas de la cotidianidad. Al tanto montó otro tipo, que vino hasta el carro en estampida. Tenía un maletín enorme. Enseguida comenzó a hablar por el celular. Esto es un cliché de los hombres con portafolio para aparentar poder. El resto lo extraje de su voz y sus gestos, chabacanes, pero con intentos de refinación. En fin, era un comemierda.

Puse la primera, y luego la segunda, pero me sorprendió la roja del semáforo. Paré. El comemierda de al lado seguía con el celular. La niña lloraba. Y creo que también la madre. Era algo triste, como para guardar silencio. El tipo del celular no lo entendió, así que se lo hice saber: “hermano, la niña se siente mal y usted habla demasiado alto por teléfono” Me miró con desprecio, tomó su maletín y se bajó del carro. Yo le grité comemierda luego que bajó. La señora me miró por el espejo y la vi agradecer. La niña dejó de llorar por un momento. Fue una buena decisión.

No había cejado la llovizna, fina pero constante. Pusieron la verde, y yo puse la primera. En el horizonte varias manos hacían señas agitadas. Yo feliz. Serían míos. Pero no lo fueron. Pasé de supuesto depredador a presa de lo que en Cuba llaman “caballito”, esto es, nada más que un policía en moto. Hizo señas con la mano que sostenía el talonario. Eso tiene un significado que predispone. Detuve el carro en el borde de la calle, justo donde había indicado. La señora de la niña me miró preocupada. La niña comenzó a llorar otra vez. La madre decía su nombre y la calmaba. “Un momento. Esto es rápido, debe ser la bobería de revisar los papeles. En seguida vuelvo”. Asintió. Saqué los documentos de la guantera y bajé del Chevrolet.

Ya mi abuelo me había prevenido de estos cabrones, muchos de ellos intransigentes tanto como oportunistas. Los hombres de mi familia tienen una larga relación amor-odio con los caballitos, que van desde broncas a reuniones familiares. Pero esta era mi primera vez, y la primera vez tiene que ser especial…

Estaba junto a la acera, con una postura un poco graciosa. Avancé. Él me miraba fijo. Debió extrañarle mi aspecto juvenil con toque universitario, sin señas de mal comportamiento. Era un tipo hosco, de piel cetrina, y de al menos seis pies, con una gordura casi glandular. En ese momento pensé en los sufridos botones de su camisa, y en laangustia de la moto cuando apoyaba en ella su culo gordo.

-Buenas tardes—le dije, contrito.

-Permítame los documentos, conductor—mal humorado y sin mirarme a los ojos.

Este no tenía acento cantarín, así que supuse que era habanero, o que al menos vivía en la capital hace años. Estos, según los que saben, son peores.

-¿Algún problema oficial? Pregunté mientras extraía la licencia de conducción de mi cartera.

No me respondió, pero yo insistí.

-¿Y su licencia para el transporte de pasaje?—ripostó.

Yo no tengo licencia porque no cargo pasaje.

¿Y esa mujer que está dentro del carro? Usted la recogió.

Es cierto. Pero el carro es mío, puedo recoger a quien quiera ¿no? La recogí porque estaba lloviendo y anda con una niña pequeña. No le voy a cobrar nada.

Y si yo le pregunto…—respondió inquisitivamente.

Pregunte lo que usted quiera oficial.

Voy a confiar en usted, pero levante el capó para ver el motor.

¿Por qué?—le pregunté ya un poco alterado, porque sencillamente me molesta que me jodan tanto. Resoplé, mascullé una sarta de palabras obscenas y le cumplí el deseo a ese cabrón de mierda.

Él avanzó con lentitud hasta el carro, con extrema cabroná. Quizá pensó que haría lo que le daba la gana conmigo mientras yo pensaba no hacer más ni carajo.

Miró el motor. Miró la circulación del carro. Miró a la mujer de la niña. Me miró.

Está bien—balbuceó, con sorna y lenta pronunciación.

Esa actitud me indispuso como una patada en el estómago.

-¿Está bien? ¿Qué es lo que está bien?

-Los papeles del motor.

Volví a rechistar una, dos, tres mil veces delante de él. Me miró, y le rechisté en su cara gorda. Entonces se dio la vuelta y caminó hasta la moto. Cerré el capó y le hice señas a la mujer de la niña de que esperara un minuto. Asintió con la cabeza.

-Conductor, acérquese—. Ya tenía un tonito impertinente.

Camino hasta él. Vuelvo a pensar en lo que debe sufrir su moto, que parece una bicicleta al lado de ese cuerpo de gordura asquerosa. Me tira por la planta. Nada, cero puntos. Se perturba, puedo notarlo. Yo sonrío insolentemente, para que lo advierta. El tipo estaba en busca de cualquier pretexto para aplicarme la correctiva y, claro está, lo encontró…

-Entonces me dijo que no estaba cargando pasaje…

-Ya le dije que no, oficial. Recogí a esa mujer por humanidad. Comenzaba a llover y estaba con la niña. Eso se llama humanidad. Además, el carro es mío.

-Eso no se llama humanidad; eso se llama boteo. ¿Y el otro compañero que recogió?

-También lo recogí por humanidad.

¡Ahh! Por humanidad…

-Seguro que usted que es policía no sabe lo que es la humanidad. Como siempre están jodiendo a todo el mundo…

Deje la falta de respeto, ciudadano, que esto puede ponerse malo.

-¿Peor? Usted lleva veinte minutos buscando una razón para multarme. Eso sí es una falta de respeto—le reproché con exaltación.

-Usted sabe que botear sin papeles es una multa de quinientos pesos…

-Yo no sé nada porque yo no boteo. Se lo he dicho veinte veces ¿Usted tiene problemas? Yo soy estudiante universitario, no botero.

A esa altura ya me importaba un carajo convencerlo, solo tenía ganas de golpearle la cara gorda esa, aunque no tuviera oportunidad de victoria sería un infinito placer…

-Tú eres un poco falta de respeto, chamaco—apuntó

El tipo se cuadró, manos en cintura. Se formó—pensé, y hasta tenía deseos de que me lanzara un golpe. Seguro él quería lanzarme un golpe…

-Y por falta de respeto voy a ponerte una multa de seis puntos. Cuando recogiste a la señora y al compañero, te detuviste casi en el medio de la calle, obstruyendo el tráfico, y la ley dice que es a diez centímetros de la acera…

Cabroná de manual.El gordo de mierda era un cabrón de primera categoría. Quería joderme de cualquier manera, así que acepté el duelo…

Mira brother, tú lo que quieres es joderme porque soy un chamaco. Lo pensaste desde que bajé del carro, pero lo que no sabes es que ya yo había pensado no dejarme joder.

Mientras le decía esto llenaba la multa. Me miró, rió con cara de descarado.

-Firma aquí—inquirió, cínico.

-No voy a firmar nada, para que lo sepas.

-¡Ah! Porque tú eres cabrón.

-Cabrón eres tú, que quieres ponerme una multa porque te da la gana.

-Si no firmas vas a tener que acompañarme a la unidad.

-A dónde tú quieras…

El tipo buscaba algo que yo no le iba a dar.

Mi tío siempre terminaba en la estación. No aguantaba payasada de ningún policía. Tomé el ejemplo, sobre todo porque era una cuestión de orgullo. El tipo vio un blanquito inofensivo y fue a la carga conmigo, porque era sencillo y porque le placía saciar esa sed de poder constantemente reprimida de los manipulados. Detrás de ese enorme caparazón había un hombre tan disminuido como cualquier otro de esta tierra; vulnerado y vapuleado hasta la médula.

Subí al carro y le expliqué a la señora lo sucedido. Lo lamentó, pero dijo que no la afectaba pues ella también iba para la estación de la Oncena. Puse la marcha. Delante iba el caballito. Tenía razón, la moto sufría. La mujer no pronunció palabra durante el recorrido, tampoco yo tenía deseos de hablar. La niña por fin dormía. En diez minutos llegamos a la Oncena. Bajé, y la señora detrás de mí. Intentó pagarme, pero no acepté. Agradeció.

El caballito cabrón me dijo que me sentara en la tapia de piedra que sirve de asiento en el lobby de la estación. La señora se sentó a mi lado. La miré extrañado. Entonces me contó que estaba allí por su esposo, que lo habían apresado el día anterior por vender pasteles. Hablamos unos minutos hasta que ella fue a hablar con el oficial de la carpeta. Me miró desde la instancia e hizo una seña de obstinación. Aproveché el momento solo y di un telefonazo a mi casa. Expliqué la situación y le pedí a mi abuelo que viniera. Al poco tiempo el mórbido me llamó. Ahora conversaba con otro policía, éste sí era oriental, lo supe por la piel carmelitosa y el tono cantarín…

-Ven acá, mijo—dijo el compinche.

Me preguntó lo sucedido y yo expliqué sin tapujos la situación y hasta mi impresión del policía con el que había tenido el percance. Me aconsejó que firmara la multa para que pudiera irme sin problemas. De insistir en mi actitud tendría que levantarme un acta de advertencia.

-Levante lo que quiera. Pero quiero ver al jefe de unidad.

-Llama al dueño del carro—me dijo el caballito.

-Ya lo llamé

-¿Y quien te mandó a llamarlo antes de que te lo dijéramos?

-Nadie.

La tensión era evidente. Si el lugar fuera otro y él estuviera sin uniforme, ya habríamos resuelto la situación. Lo veía en su expresión, en la forma de tronarse los dedos. Solo hacía falta una palabra más, un gesto. El otro policía intervino cuando nos mirábamos fijo (el contacto visual es importante. Tenía que demostrar que no había miedo, aunque yo tenía los cojones en la garganta). Me dijo que me sentara y esperara. En un rincón ellos hablaron agitadamente. Me miraron otra vez y entraron en una oficina.

Siguieron veinte minutos realmente emocionantes. Entró un tipo esposado y empujado por dos agentes del orden. Era solo un fragmento de hombre; borracho, loco, no estoy seguro. Un negro en harapos, medio tiempo, aunque parecía de tiempo entero. Gritaba, babeante y como loco: “búscame a Danilo, el capitán. Dile que el Chaco está aquí.” Otra vez: “¡quítame las esposas, cojones, que esta vez yo no hice nada!” Era la primera vez que veía a un negro con la cara roja. Fue un momento único.

Al rato apareció el tal Danilo, otro gordo de mierda. Saludó al detenido: “Chaco, esta es la cuarenta y dos… ¿hasta cuándo mijo?” Le quitó las esposas y hablaron un rato de penas y conductas. Entonces supe había sido una bronca por palomas, con puñaladas y todo, en la barriada de California. Había escuchado de estos eventos, pero sin pruebas reales. Esa fue la probidad, pero aun hoy no imagino una bronca que tenga como protagonista un animal. Sí que hay guerras nefastas en esta tierra surreal.

Llegaron otros detenidos. Uno de ellos era una mujer. Una mulata escandalosa, protuberante, con todos los pelos revueltos, licra azul bien pegada al cuerpo y una blusa breve apenas cubrías sus senos. Cargaba una niña de pocos meses y arrastraba a otro niño, que caminaba a zancadas y miraba perturbado la escena… “Oficial, yo mato a ese hijo de puta, oficial. Lo mato como a un perro sarnoso ¿Cómo me va a vender el televisor, oficial…? Se volvió loco. Pero más loca estoy yo, y por eso le voy a quitar el de su madre. Y vamos a ver a cómo tocamos…”Al rato trajeron detenido al marido. Aquella mujer soltó a los pequeños y le fue arriba al hombre. Golpes por doquier y amenazas de muerte. No se me olvida.

Pero aquello ya no me divertía, era demasiado; abundante miseria y mierda pública repugnan. Y además estaba el hedor del lugar: una especie de tufo a vómito. Era asqueroso el piso mugriento y las paredes pegajosas. No había ninguna oportunidad de disfrute, era un sitio hecho para reprimir cualquier esperanza. Por suerte mi abuelo llegó enseguida, con un amigo policía que me interrogó con detenimiento para luego entrar por la misma puerta que los otros. Yo no hablé nada más. Tampoco mi abuelo, sólo me miraba como elogiando mi actitud. Era raro, pero se sentía bien. La gestión duró apenas quince minutos. Se acercó el gestor de la causa con el caballito comemierda. Este último me entregó los documentos con una mirada que era pura advertencia y yo tomé los documentos con una mirada que era pura victoria.

El protocolo continuó con un saludo de manos infinito entre mi abuelo y los colegas. Yo me aparté y fui a hablar con la señora, que aún no lograba ver al esposo. Ahora la niña estaba serena. Era una pequeña verdaderamente hermosa, una rareza en un lugar espantoso. Me despedí terriblemente contrariado. La madre jamás cambió la expresión sombría. Su aire triste era toda una actitud ante la vida.

Al fin me largué de aquel sitio cochambroso. Llegué a mi casa y conté lo sucedido. La gente del barrio también quiso enterarse pero de eso se encargaron mi mamá y mi abuela, que me daban la razón todo el tiempo y quebraban una lanza a favor de mi conducta. Luego me bañé para despojar el hedor de la estación, pero no desapareció. Esa fetidez había cubierto mis sentidos. Finalmente—pero solo después de repugnantes horas—me convencí de que era algo sicológico.

Más tarde pensé en la señora, estampa del sufrimiento; pensé en el padre tras barrotes por intentar la vida y me contuvo la amargura de este retrato ¿Por qué coño es tan oscuro el presente que no permite ni siquiera contornear el futuro? ¿Por qué hay que nacer para luego crecer con la perenne sensación de pérdida…? Pero era pensar demasiado. No se puede pensar tanto en estos días y en este lugar. Es volverse loco. Al final todo se convierte en nada, se translitera en irrealidades. La conciencia es para quien tenga la fuerza de sostenerla, y en la jungla no hay espacio para evocaciones fraternales; el camino te lleva a la liviandad, a vivir en una interminable suspensión. En definitiva es todo polvo, es todo agua y sal.

Esto se acaba. Voy a pasarle un trapo al Chevrolet.

 

 

 

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