EL DÍA EN QUE ME METIERON EL PIE

Publicado: julio 17, 2014 en Uncategorized

1

Yo era un gordito bobo en tercer grado con ganas de pintar. Pasaba horas y horas del día copiando a lápiz las caricaturas del Juventud Rebelde del domingo, paralizando los dibujos animados mientras aparecían correteando dentro de la pantalla del televisor soviético de mi casa: dibujitos malucos que conservo en un montón de libretas a rayas que no van a costar ni diez centavos el día en que me muera, aunque me muera siendo una vaca historiográfica de la literatura en mi país.

Yo era un gordito bobo con un lápiz pintando a Buzz Lightyear, a Mickey Mouse, al Pájaro Loco: héroes foráneos, héroes llamativos de los que tienen que asirse los pequeños pioneros moncadistas en detrimento del genio creativo de los dibujadores de muñecos cubanos que no son Juan Padrón.

Aquel día no sé por qué motivo me dio por salir al recreo. Normalmente este horario lo aprovechaba para sacar punta, para comerme mi pan con aceite mientras mentía a mis compañeritos diciendo que era pan con mantequilla derretida, porque no sé por qué me avergonzaba de mi pan con aceite y sal, que a veces era aceite, sal y ajo, y a veces era aceite, sal y ajo con un accésit de refresco en polvo: pero este accésit era solo a veces, las pocas veces en las que mi abuela sacaba fuerzas de no sé qué alma de las tantas que tiene para limpiar más casas de las habituales, o hacer más guardias en el Contingente de las que habitualmente se espantaba para poder ponerme el plato de arroz sobre la mesa, y el pan con sal y aceite en la mochila.

Pero aquel día salí pa’l recreo.

Recuerdo que alguien se tomó el trabajo de llegarse hasta el murito en que estaba yo sentado conversando con nadie y me comentó que Roger había hecho un dibujo que estaba morti- morti, un dibujo que partía en pedazos todos los dibujos de todas las libretas mías a los que les dedicaba tanto tiempo; que Roger era mejor que yo, y que además su dibujo tenía colores y los míos eran a lápiz, en blanco y negro…

Y yo a esa hora me puse a explicarle que Roger pintaba mejor que yo porque él estaba en sexto grado y yo en tercero; y que mis dibujos eran en blanco y negro porque eran los mismos dibujos que ponían en el televisor, y que yo no era mago para enterarme de qué colores era Buzz Lightyear porque en mi televisor no se veían los colores, y que además no eran en blanco y negro, eran en blanco y negro y en azul, porque de qué color son las rayitas de la libreta, rayitas que yo usaba como piso, como parte del cielo, o como lo que me viniera en gana cuando estaba pintando.

Pero el chiquito aquel no me entendió. Siguió diciendo que si Roger esto, que si Roger lo otro, y que cómo era posible que en mi televisor no se vieran los colores, que en el televisor de su casa se veían de lo más bien, y que pa’ que lo fuera sabiendo, el traje de Buzz Lightyear es blanco y tira un rayito rojo de la mano, y que Booster es rojo, y XR amarillo, y que Mira es azul… Y tanto dio hasta que me convenció de que fuera a ver a Roger para que me enseñara su dibujo, para que me enseñara cómo se hace un dibujo morti- morti, a ver si cuando Roger terminara sexto grado y se fuera pa’ la escuela secundaria, yo era el mejor de la escuela pintando. En fin, me convenció, y allá nos fuimos.

2

Recuerdo que el dibujo morti- morti, la creación de Roger, no era La Mona Lisa pero no estaba mal. El que si estaba mal de la cabeza (y de lo que no es la cabeza) era el tal Roger: un flaco blanco con muy pocos dientes, residuo de jenízaro sin pañoleta y con la camisa por fuera; de los típicos chamas que utilizan el lápiz como objeto punzante para clavárselo a los demás niños en el cachete si no le dan un poquito de refresco, un pedacito de pan con jamonada, con sal y aceite, o con mantequilla derretida. Un flaco blanco con muy pocos dientes de los que saltan la reja de la escuela pa’ ir a bañarse al río en calzoncillos, pa’ tirar perles o pa’ irse a tumbar mamoncillos chinos en el patio de casa de Ana, la señora que vende rosquitas.

Poco después me enteré por mi abuela de que el padre de Roger era el temba de bigote felpudo, amarillento, que iba cuadra por cuadra haciendo nada en su bicicleta Forever macho, con caballo y sillita de madera incorporada. Las bicicletas macho eran (o son) las que tienen caballo; y el caballo no es más que un tubo de aluminio horizontal soldado entre el asiento y el soporte del timón; la sillita de tabla incorporada al caballo supongo que sirvió en algún momento para mover a Roger, cuando era todavía un pichoncito de residuo de jenízaro.

A modo de paréntesis, y por tan minuciosa descripción, intuyo que han notado que la velocipedia es un arte del que no entiendo un timbal…

Luego supe también que el bigote felpudo amarillento del papá del jenízaro tenía ese color amarillento por el tabaco y por sus derivados; y que los cuatro pelos pegajosos debajo de la gorra roja, únicamente roja, del temba de la bicicleta macho estaban ahí porque el temba era alcohólico… Lo que mi abuela no me explicó nunca fue el por qué andaba siempre pedaleando cuadra por cuadra, esquina por esquina: supongo que era algún modus vivendi, o que no debería juzgar a la ligera, o que debería dejar de suponer.

De todos modos la obra maestra era na’ del otro mundo. Una versión contrahecha de Dibu, el de las aventuras: el muñequito ese pelirrojo de zapatos cuadrados y pecas en la cara que estuvo media serie tratando de quimbarse a la hermanita y la otra mitad naciendo: el mismo Dibu que todos pintaban, que incluso yo pintaba de memoria: el Dibu con el que tanto dinero hizo Ana, la señora de las rosquitas, vendiendo la caricatura impresa en diversas posiciones, colores y tamaños, a dos pesos la hoja en blanco y negro, y a cinco pesos la hoja a color.

Pero el Dibu de Roger era un tipo moderno, con sobretodo, espejuelos oscuros y cara de buquenque, y hasta una hoja de marihuana tatuada en el dorso de una mano que al cabo de los años, con las delicias múltiples, vine a enterarme de que la hojita aquella de siete puntas verdes se llama marihuana, y de que la razón por la que estaba pegada a la mano de Dibu era gracias al gancho de una cosa a la que llaman tatuaje; mientras tanto me estuve preguntando qué leyes físicas permitían que Dibu se aguantara una matica en la parte frontal de la mano con ayuda de un anillo, porque estuve unos días tratando de lograrlo y me resultó imposible.

Y ahora que lo pienso, todavía me sigo preguntando qué extrañas leyes físicas hicieron posible que me enamorara irremediablemente del cabrón dibujo. Tanto fue así que decidí quedármelo. No pregunten por qué.

– Me quiero quedar con tu dibujo –le digo a Roger con mi aspecto de gordito bobo sobresaliente en todo tercer grado por las tremendas ganas de pintar. Supongo que en ese momento al chiquillo aquel se le encaramó encima la parte miserable del cuando aquello recién estrenado y recién desconocido por nosotros espíritu de Jean Michel Basquiat. O sea, que me dice sin pensarlo:

– Te lo vendo.                                                                                                 

– ¿A cuánto?

– A cinco pesos.

Cualquier coleccionista respetable, cualquier Andy Warhol con un fin benéfico hubiera adquirido una pieza tan buena, tan admirada y recontraelogiada por mi escuela completa, por semejante suma pusilánime. Así que yo lo quise hacer también.

– Está bien, pero no tengo dinero ahora. ¿Te lo puedo traer mañana a la escuela?

– Ah, no, pero si tengo que esperar hasta mañana entonces son diez pesos…

– ¿¡Diez pesos!?

– Diez pesos.

– Pero…

– Si no me das los diez pesos mañana me quedo con mi dibujo. Si no, dame los cinco pesos ahora.

En ese momento sentí como que el Dibu me echaba un ojo por encima de sus espejuelos oscuros y sonreía con sonrisa de buquenque. Todavía me sigo preguntando qué extrañas leyes físicas hicieron posible que me enamorara irremediablemente del cabrón Dibu aquel con sobretodo y tatuaje en el dorso de la mano…

Acepto. Trato hecho. Si hubiera sido un hombre de negocios me hubiera frotado las manos maliciosamente y hubiera celebrado mi victoria. Si hubiera sido un hombre de negocios con manos… Nada de pago por adelantado y la pieza en mi poder.

3

A eso de las cinco de la tarde, cinco y media quizás, estaba yo en la sala de mi casa con mi yogur de fresa en una mano y los ojos dentro del televisor. El yogur de fresa de mi infancia tiene un sabor innato: un sabor construido por el recuerdo del refrigerador azul metálico: metálico el azul, el aparato era como de un yerro gigantesco impresionante, como un tractor color azul metálico parqueado en la cocina con manigueta y palanca de cierre; un sabor inusual condicionado por el olor del nailon de la bolsa mordida en una esquina por los dientes de alguien que eran míos más el olor transparente del plástico de la jarra donde solía meter la bolsa de nailon una vez carcomida, y dejar luego en reposo aquel ready-made de plástico y de nailon dulce, fresa, bien reposado dentro del tractor… Pero el yogur de fresa de mi infancia es un dato irrelevante.

Estaba yo a las cinco de la tarde con mi yogur y mi guanajería sentado frente al televisor blanquinegro de mi casa cuando siento que me llaman:

– ¡Román! ¡Román! ¡Román!

Como yo no me llamo Román, decido hacer la mundialmente conocida guerrilla semiológica y seguirme tomando impasiblemente mi yogur de fresa, como si fuera ese el fin del cuento; pero teniendo en cuenta que la presente es una historia verídica, y que los nombres de los personajes han sido modificados por un problema básico de Derechos Humanos, supongo que me toca por la nómina tener Román por nombre y que alguien me esté llamando desde afuera. Así que supongamos que me llaman. Y supongamos que salgo al portal.

Salgo al portal y en la acera está Roger encaramado en un una bicicleta Forever macho, con caballo y sillita de madera incorporada. Dice que viene a buscar los diez pesos para hacerme el favor de que yo no tuviera que tomarme la molestia de llevárselos a la escuela mañana. Además dice amablemente que coño, que me apure, que no está pa’ esperar la tarde entera por mi santa paciencia porque está al cerrar la tienda de ropa reciclada, y él tiene que salir de ahí, con esos diez pesos, a comprarse una cadenita de plata falsa, de plata de la que cagó la gata, como se decía en mi escuela, que estaban vendiendo en la dichosa tienda a cuatro pesos con cincuenta centavos, y que él estaba loco por comprársela porque tú sabe’ lo que e’ entral pa’ la ejcuela sin pañoleta y con la cadenita puejta, qué clase de voltaje vo’ a tenel…

Así que subo un momentico al cuarto y reviso las gavetas: exactamente la gaveta aquella que jamás en mi vida había abierto, la tercera gaveta a la derecha en la que sabía que mi mamá guardaba el salario mensual: el cartuchito de color cartucho escrito con bolígrafo: Lázara García, 250 pesos.

Como no encuentro billetes de cinco ni de diez pesos engancho uno de veinte y bajo las escaleras. Salgo al portal donde aún espera Roger, el flaco blanco con muy pocos dientes en su bicicleta Forever macho y le digo que no tengo los diez pesos, que lo único que tengo es un billete de veinte, que si él tiene diez pesos pa’ yo darle los veinte míos y que él me diera los diez de él, que sería lo mismo que si yo le hubiera dado los diez pesos que tenía que darle, porque los veinte míos menos los diez de él, eran los diez que le debía ahora, que en un principio eran cinco, pero que ahora eran diez. Tantas explicaciones a un residuo de jenízaro de sexto grado, que como casi todo sexto grado, no sabía restar.

– ¡Yo no tengo dinero! –me dice con una voz engolada, carrasposa y redonda; voz con la que supongo que le ponga la carne de gallina a los gorditos bobos de tercer grado o de segundo grado a los que tumba pa’l suelo a piñazos como si fueran bolos todas las tardes a las cuatro y veinte a dos cuadras de la escuela.

– Y yo no voy a darte los veinte pesos… -le espeto valiente; tanto que si Buzz Lightyear hubiera estado cerca me hubiera puesto al pecho una medalla del Comando Estelar.

Pero no estaba cerca. Me percaté de que no estaba cerca porque vi a Roger mirar a ambos lados para advertir que no estaba allí cerca ni mi abuela, ni mi mamá, ni Buzz Lightyear, ni nadie que pudiera tirarme un cabo mientras se le iban amoratando las venas de la frente y comenzaba a levantar los brazos con una pesadez inexplicable y me decía que por favor, que él quería comprarse la cadenita plateada aquella y que no tenía de dónde sacar el dinero, los cuatro pesos con cincuenta centavos, y que le hacían falta los diez pesos lo más rápido posible porque ayer cuando había pasado en bicicleta por la tienda de ropa reciclada quedaban ya muy pocas cadenitas, y además él quería comprar dos, una pa’ él con la mitad de un corazoncito, y otra con la otra mitad del corazoncito pa’ regalársela a la chiquilla que le partía el pecho, al amor de su vida; y además, imagínate, la escuela entera se estaba comprando las cadenitas aquellas porque eran una ganga, de lo más lindas que estaban con su dije plateado que te dejaban escoger el que más te gustara y todo, como hacían en la chopin, y que hasta yo debería embullarme y comprarme una cadenita, ya tú sabes, pa’ no estar fuera e’ moda, y pa’ que yo también pudiera echarme un amor de mi vida, la rubiecita esa que él sabía perfectamente que yo no podía dejar de mirar…

4                                    

Como Román soy yo, pues ahí va el bobo de Román con las nalgas entumecidas en la parrilla de la bicicleta macho de Roger rumbo a la tienda de ropa reciclada con un billete de veinte pesos en una mano y la otra mano en el metal que sobra por fuera de las nalgas en la parrilla de siete huecos, porque eso de andar aguantándose de la cintura del que pedalea es un poco maricón.

Y ahí va Román a quedarse en la puerta de la tienda de ropa reciclada mientras Roger parquea la bicicleta en algún lugar de la acera y entra a la tienda con los veinte pesos a comprar dos cadenitas de plata de la que cagó la gata; y mientras Román vigila certero, confianzudo, que ningún comemierda vaya a robarse el aluminio de la bicicleta, la tendera que queda a sus espaldas le dice a Roger que lo siente mucho, pero que queda una sola cadenita con un dije plateado y rojo, y Roger se la compra pensando con certeza que lo rojo del dije va a combinar toca’o con lo rojizo que queda del color original de la pañoleta del uniforme de pionero que no usa, pero que piensa usar con su cadena a partir de ahora de lo más contento; y mientras Roger sale de la tienda con su cadena de un plateado opaco enroscada en el cuello, Román voltea el cuello hacia la tienda y ve a Roger cómo sale, y le pregunta que si por fin compró las dos cadenitas, y Roger, ese flaco jenízaro con pocos dientes blancos, pone la cara de un hombre que sufre y le dice a Román que sí, que compró las dos cadenitas, y que ahí tiene cincuenta centavos pa’ por si acaso se embulla a comprarse por fin su cadenita propia le falten solamente cuatro pesos, y le deja bien claro, siempre teniendo en cuenta su cara flaca del hombre que sufre, que el gesto de regalarle los cincuenta centavos a Román es un gesto cristiano, de buena voluntad y respeto mutuo.

Toma Román sus cincuenta centavos, los guarda en un bolsillo del short que trae puesto y se monta en la parrilla de siete huecos de la bicicleta macho de Roger pensando en Andy Warhol, y en cómo va a decirle a los chiquillos envidiosos de todo tercer grado que ese Dibu moderno, con sobretodo, espejuelos oscuros y cara de buquenque, lo había pintado él.

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