Archivos para agosto, 2014

TODA LA NOCHE EN ESO

Publicado: agosto 17, 2014 en Uncategorized

Me despertó el teléfono.
– Dime.
– ¿Román?
– Sí. Dime.
– ¿Qué tú haces?
– Coño, asere, durmiendo. ¿No se me nota?
– Bueno, tengo un evento ahí pa’ ti.
– Asere, ¿quién me habla?
– Johan, chico. Johan…
Johan era mi hermano. Es mi hermano. El único problema es que no somos de sangre.Somos hermanos de los que se escogen, que son los mejorcitos. La familia es depende de la que a uno le toque, y uno no puede cambiarla, es cuestión de te jodes y la aceptas. Pero la familia que uno escoge es distinta. Te da tiempo a pensar, a hablar basura, hasta que un día: ¿quieres ser mi hermano? Ah, está bien. Y es tu hermano: tralalátralalá…
Así hicimos nosotros. Johan llegó a mi escuela en quinto grado acabado de llegar del medio del monte. De Santiago de Cuba. Él siempre dice que eso allá está lindo, que es una ciudad con muchas casas, una iglesia, y un parque, y un museo, y un busto de Martí en alguna esquina, y que cuando uno llega de La Habana, aunque seas de Santiago, te caen arriba doce o quince guajiritas que te maman la pinga por un chicle, por un pan con tortilla, o por decirle a las demás guajiras que le mamaron la pinga a El Habanero. Y El Habanero pasa a ser entonces lo mismo que era El Zorro en California: un objeto sexual.
A mí nadie me jode. Eso es el monte.
– ¿Qué evento es ese, asere?
– ¿Tú te acuerdas de Ana Laura?
– ¿De quién?
– De Ana Laura.
– No.
– Papa, la que me cogió la boca jugando a la botellita el otro día.
– Qué coño voy a acordarme yo de eso, Johan. Éramos como quince…
A la botellita se jugaba todos los fines de semana en el Parque G. En la parte de abajo de la estatua de Calixto García. Siempre éramos los mismos. Parece que a los mismos nos gustaba tener siempre la misma excusa pa’ cogernos la boca entre nosotros.
– Asere, la gordita.
– ¡Ahh, la gordita!
Si la gordita es la que yo pensaba o Johan es miope o le tenía un cariño del carajo. La tipa era una gorda psicodélica. Una marmota de trescientas libras con unas nalgas grandes metidas a presión en una licra de esas que dejan ver la celulitis porque se mete entre los agujeros y te los pone en los ojos como cráteres, como diciendo: ¡miiiraaaa, celuliiitiiiiisss!Un cachalote de tetas enormes, tetas llenas de grietas, ubres de chiva vieja cuidadosamente caídas sobre el ombligo y unos pezones negros y redondos, tiernos, erectos, listos para el ordeño.Pezones que había tenido en mi boca la noche antes, y también las nalgas, corajudas, grandotas, puestas a cuatro patas en el piso del baño de casa de un amigo. Una gorda caliente dueña de un bollo limpio y desahogado donde metí la lengua unos minutos, donde metí la pinga y me bailaba no sé por qué razón.Un bollo hipocondríaco donde también mi amigo, el dueño de la casa, metió la pingaen el mismo momento en que mi pinga se tomaba un descanso en la boca de la gorda. Toda la noche en eso…
– ¿Ya te acuerdas? – dice el pobre Johan, ilusionado.
– Le metí el rabo anoche.
– ¡No me jodas!
– Si te jodo.
– ¿Y qué tal?
– Na’. Más o menos…
– Pues ella me llamó por la mañana pa’ que fuera a su casa. Me dijo que se estaba masturbando pensando en ti y en mí.
– ¡No me jodas!
– Si te jodo.
– ¿Y tú qué le dijiste?
– Que íbamos pa’ su casa por la tarde a quitarle la picazón. Por eso te llamé. ¿No estás pa’ eso?
– Asere, sí. Hace rato que no compartimos una jeva tú y yo. ¿A qué hora nos vemos?
– A las cinco.
– ¿Donde siempre?
– Donde siempre.
A las cuatro y cuarenta estaba yo fumándome un cigarro en los banquitos de G y 25. Johan llegó diez minutos después.

 

Dime, tristeza

Publicado: agosto 7, 2014 en Uncategorized
Cuadro de Edvard Munch

Cuadro de Edvard Munch

 

Por Jesús Jank Curbelo

Así, sentado, de noche, escribiendo. Mi hijo duerme, entonces me permito unos minutos tristes. Es difícil, me consta. Y eso que tengo un piano que es lo más mustio que he escuchado nunca. Miento, hay cosas más mustias. Pianos más mustios. Mozart, Debussy.

Esto no. Esto es una tristeza comercial. Una tristeza para ser vendida que perdió hace bastante el sentido del llanto. El sentido de sentarse de noche a recordar fumándose un cigarro. Una tristeza bastante pensada, cómoda. Una tristeza con arreglos. Teatro, postalita. No se vale. Hay mucha gente pobre pagando unos centavos por llevarse contigo esta tristeza. Por no sentirse solos, desechables. Por no sentirse lo único triste que flota con las moscas encima del latón de la basura. Debajo del camión de la basura. Mucho más bajo que la vida aún.

Hay mucha gente trabajando duro detrás de esta tristeza. Muchas horas de hombre sentado frente al piano. Mucha miel, mucha yerba, perfume, cascarilla, clara de huevo. Mucho tabaco que no fue comprado. Mucha escritura sobre un pentagrama. Mucho tiempo feliz. Mucho equilibrio que pudo perfectamente saltarse esa tristeza corriente como un bache y seguir corriendo recto.

Pero esto vende. La tristeza, vende. Qué triste, ¿no? Jugar con tus adentros como si tus adentros, además de ser pobres, fueran plásticos. Como si rebotaran entre las varias paredes del Banco, de la tarjeta donde están los dólares del vendedor de espinas. Del tipo que te dijo que las rosas no eran rojas del todo, y te jodió el sentido del amor para venderte el sentido de una tristeza turbia como esta que ahora escucho, que puede serAdele o ser The Beatles; que puede ser Shakira, Metallica,Eminem (Pitbull nunca está triste); que puede ser LiubaMaría Hevia, Jacob Forever, Silvio, Los Aldeanos…

Una tristeza con cerebro dentro que deja de ser limpia. Que ya no es lo bonito que se le ve después a ese momento en el que uno pierde todo, una pareja, el pollo, el P14, un familiar. Ese momento en que uno está tan gacho, corroído por dentro, que sale caminando con los pasos pesados y los párpados, la permanencia de una nube gris.

Esa tristeza que bien yo conozco, que faja, que se extraña.La que se va al garete dentro de un par de discos de platino y no hace nada por sí, por aferrarse, por seguirnos cayendo como el manto de estrellas de Morfeo encima de las cabezas. La que reprocho: dime, oh tristeza, tú dime, mientras tanto, when will I see you again?

TE VO’ A DAR MÁS CANDELA

Publicado: agosto 1, 2014 en Uncategorized

1

No tenía un gran culo. La verdad, era un culito flaco pegado a un par de muslos bajo una saya azul de maestra emergente. Un culito macizo de mulata oriental, de guantanamera rojiza con unos ojos chinos mandados a correr desdeuna cara hermosa y una pelambre negra suelta hasta la cintura, o hecha trenzas encima de las tetas.

Recuerdo que solía masturbarme todas las tardes tocando esas tetas con la imaginación. Tocando con las manos la parte redonda y fría de la taza del baño, botando baba de la lengua como un perro de pelea amarrado a un tío vivo. Pensando en los pezones carmelitas que salían de debajo de esa blusa de maestra emergente abierta hasta la mitadel día entero mientras hablaba de español- literatura, de con qué tipo de tilde se escribe en la pizarra la palabra erección, la palabra tocarse los cojones desde la última fila de la clase mirándola, sabiendo que ella sabe que uno se está tocando los cojones y sigue hablando con la blusa abierta, con la sonrisa abierta, con las piernas…

Yilian tenía diecinueve años. Yo como doce o trece, no recuerdo.Lo que si tengo claro es que acababa de llegar a la escuela secundaria con mi barriga y mi cara de imbécil. Que ella acababa de llegar de oriente, desquiciada y bucólica. Que en ese entonces diecinueve años me parecían una eternidad.

El caso es que aquella tarde sonó el timbre de merienda, el clásico yogur y pan con torta que supone el almuerzo, y yo me quedé en el aula. Yilian estaba sentada en una mesa al final del aula hablando con Lisbet. Yo estaba haciendo sabrá dios qué cosa hasta que ella me llamó tranquilamente, yo fui tranquilamente, y ella me dijo así, tranquilamente: ¿Tú quieres ser mi novio? Yo le dije que sí, tranquilamente, y volví a hacer lo que sea que estuviera haciendo.Desde entonces, supongo, fuimos novios.

2

En la vida le puse un dedo encima. Yo era demasiado comemierda como para tocarla. Además, no sé por qué timbales se me ocurrió que aquello era mentira, que era un chiste de Yilianpa’ hacerse la graciosa alante deLisbet.

Ella en la vida me puso un dedo encima. En la vida se le ocurrió llevarme hasta su beca y ponerme la papaya, afeitada y rojiza, en la carota, a ver si yo sabía hacer cosas con la lengua. Lo más que hizo una vez fue enseñarme unas fotos que tenía sin blusa, sentada sobre el suelo como un buda flaco, con las trenzas tapándole las tetas. Me preguntó si aquello me gustaba y yo le dije que sí, y que podía enseñarme las fotos en que tenía las tetas completamente afuera porque de todos modos ya yo le había visto los pezones por debajo de la blusa, además, así iba a tener material suficiente en mi memoria fotográfica pa’ hacerme pajas después, por la tarde, y por las noches antes de dormir.

Ella se sonrío, me dijo fresco, guardó las fotos y me dejó solo.

Yo estaba loco por lamberle el cuello. Por besarle los labios. Por abrirle las nalgas y meterle los dedos en el ojo del culo, sacarlos llenos de su mierda guantanamera y metérsela en la boca, y embarrarle la cara mientras le metía el rabo por cualquier agujero hasta botar dos galones de semen. Por subirme después la portañuela y perderme pa’l carajo. Dejarla ahí, con el culito abierto, la boca llena de mierda y la espalda llena de leche. Pero eso solo sucedió en mi mente. Y me daba lo mismo.

Después llegó José Carlos, chiquillo nuevo al aula, y Yilian le empezó a coger cariño. Yo lo sabía perfectamente y me daba lo mismo. Sabía que ella lo metía en el baño y le enseñaba las nalgas, los hilos dentales de encaje que se ponía debajo de la saya en vivo y en directo, mientras yo tenía que vérselos desde la última fila cuando abría las patas, sentadaen el buró. Y me daba lo mismo. La verdad, estaba demasiado ocupado todas las tardes haciendo ejercicios para ponerme lindo para ella como para pensar.

Sabía perfectamente que ella solía quedarse en su casa, que un día se arrodilló frente a la virginidad de José Carlos y se la metió en la boca, y que tenía una boca lo suficientemente profunda y espaciosa como para meterse doce o trece años de virginidad viril hasta lo último, que la virginidad de José Carlos siguió recto por toda la garganta de Yilian, el esófago, llegó hasta el ojo del culo, y allí quedó, despierta, cansada, sonriendo.

Yo lo sabía porque José Carlos se hizo mi amigo y me contaba todo. Y se limpiaba el culo con mi envidia de una manerahorrible.

3

A los dos o tres meses se mudó José Carlos. Yilian seguía con la blusa abiertaabriéndolelas patas a los varones de la última fila, luchando su regalo del día del maestro. Y los varones de la última fila le dimos uso al yogur del almuerzo echándonoslo encima del pantalón del uniforme después de masturbarnos, con el bolsillo roto para meter la mano en cuanto se le viera un pedacito de blúmer.

Ella también se excitaba mirándonos.Tanto que el día de la fiesta del maestro la borrachera le dio por bailar con cada uno de nosotros. Recuerdo que empezó a ponerse en cuatro apoyada en sus rodillas frente a uno, y al otro, al otro, al otro:se empinaba y descoyuntaba el culo como si no le formara parte de la cintura. Y lo movía en redondo, tarareaba, gemía, sonreía cachonda cuando sentía encima de sus nalgasla virginidad de alguien desperezándose, botando líquido. Entonces lo soltaba, buscaba otro, lo pegaba a la pared y se le paraba enfrente.

A veces bailaba con dos a un tiempo, uno delante tocándole el culo y el otro por detrás; hasta que se aburría del de alante, le bajaba las manos y se apoyaba encima de sus hombros, empinándole mucho más el culo al pobre virgen que se le movía atrás, hacía lo suyo, quedaba bien y se desparramaba. Yilian gemía entonces, sonreía, y seguía tarareando: pero sabes que tu cuerpo me atormenta/ y cuando yo a ti te coja/ te vo’ a dar más candela…

Yo miraba el paisaje sentado en una mesa.Yilian pidió que bailara con ella y le dije que no estaba pa’ eso, que estaba muy ocupado luchando material pa’ mi memoria fotográfica, pa’ mis orgasmos en la tasa del baño, los de antes de dormirme. Ella se molestó, me llamó aparte, me dijo que si yo no la quería. Yo le dije que me daba lo mismo, que de todas maneras lo más que había hecho ella en su papel de novia por sacarme la leche había sido abrir las patas frente al aula, enseñarme las tetas por debajo de la blusa. Ella dijo que todo no era el sexo, olvídate de mí, eres una mierda.

Yo hice lo que dijeron mis tres dedos de frente. Por ese entonces comencé a fumar.