Archivos para febrero, 2015

Mira esta talla. Si Milton y yo estábamos sentados tranquilos, como siempre, en un banco del Parque G, fumándonos un cigarro probablemente entre dos, o entre cuatro, ¿qué necesidad tenía la chiquita aquella de acercarse a nosotros?

Pues se acercó. La tipa que te digo era una negra hermosa. Una negrita fina, con su culito durito, bien puesto, unas tetas pequeñas y redondas y el pelo bien planchado. Si la memoria no me trata a palos podría jurar que hasta llevaba puesta una blusita rosada, abierta alante, con medio ajustador al descubierto, y un pantalón de hilo, o de mezclilla, de esos que te levantan, te redondean las nalgas aunque las tengas como un tetraedro. Aunque después pases la pena del año. Así es la vida, ¿qué se le va a hacer?…

Milton y yo sentados en un banco. No tengo que decir que era de noche. Sería obvio. En G, por las mañanas, hay nada más dos tipos de personas: los frikis que amanecen con resaca y los viejos que amanecen en la cola del estanquillo de G y 25. Lo demás, es de noche. Sobre todo los fines de semana, que es cuando más se aburren los vampiros.

Sandra llegó y se nos sentó en el medio.

– ¿Qué bolá, caballero?

– Na’, mija, aquí, obstinados. Comiendo mierda como de costumbre.

– Déjame darle unos toques al cigarro…

– Métele con cariño, que es el último.

– Yo todo lo hago con cariño, papi…

Milton le dio el cigarro y se lo metió en la boca como si fuera un pito. Un silbato, quiero decir, o un pito de marihuana. Chupó hasta el fondo con su boca enorme de negra bondadosa y me dio el cigarro lleno de saliva, y de creyón de labios, y de toda la mierda que pudo haberse metido en la boca durante el día y parte de la noche…

Me dio el cigarro y me quejé en voz baja:

– ¡Con lo mal que me cae a mí que me den el cigarro moja’o!

– ¡Ay, no jodas, Román! Si no quieres que te moje el cigarro dame otra cosa pa’ mojarte entonces…

La di por loca. Milton me miraba y me hacía unas muecas espantosas que querían decir: ¿viste esas tetas? Boté el cigarro y me senté en el piso. De frente a Sandra, pa’ verla más nítido.

Ya yo la había visto par de veces. En realidad, estaba aburrido de verla. Milton también. Éramos hasta socios. Toda la gente que va al Parque G termina conociéndose. Después se encuentran en el P14 y se dan el asiento, o un poco de ron, incluso un cigarrito.Dicen los frikis viejos que la Melancolía y la Miseria iban juntas por La Habana reuniendo personas. Les cerraron las puertas de varios clubs nocturnos por miserables y por melancólicas, y terminaron haciendo una secta en el Parque Gcon los chamacos pobres. Como yo, como Milton. Y fuimos condenados a reunirnos una y otra noche hasta morir de anemia, de cirrosis, de cáncer de pulmón. De cualquier cosa. De todos modos somos gente pobre. Nadie lo va a notar.

– Ven acá, Sandra.

Me la llevo aparte.

– ¿Pa’ qué tú estás?

– Pa’ lo que ustedes quieran.

– Nosotros estamos pa’ meterte el rabo.

– ¿Los dos a la ves?

– Uno por cada hueco. ¡Y te queda la boca pa’ que grites!

– ¡Qué gracioso! ¿Tú tienes dónde hacerlo?

– Coño, en mi casa.

– Bueno, vamo’ pa’ allá. Pero tienen que hacerme el dos hasta Playa pa’ dejar unas cosas. Después nos vamos. ¿Dónde es que tú vives?

– En Fontanar.

– ¿En dónde?

– Un pueblo ahí, lejísimo. Pa’ allá el transporte se pone de madre, así que mueve el culo.

– Nos fuimo’ entonces.

– ¡Milton! ¿Te va’ o te quedas?

– ¡Voy!

Las once y media. Doce menos cuarto. Pasó un P4 y lo cogimos amplio hasta el bar de 70 y 19. Sandra dejó las cosas y viró rápido, como a los diez minutos. Nos sentamos en el piso de la parada.

– ¡Ay, caballero, qué clase locura! ¡Yo nunca he hecho estas cosas!

– Tranquila, Sandra. Todo va a estar bien.

– ¡Eso mismo decía Bob Marley y se murió de cáncer!

– ¡Prendío como un tenis! Jajaja…

– Prométanme que me la van a dar suavecito… Por lo menos al principio, después seguro que ya me acostumbro y hasta me meto las dos por el bollo…

– No tengas miedo, chica. Nosotros te lo hacemos con cariño y seguro que tú aguantas.

– Y ustedes dos, así, medio oscuritos, ¡seguro tienen un pingón grandísimo!

– No, chica, no. Tranquila. Tú verás…

Cogimos la 69 hasta Cerro y Boyeros. Hasta la paradita sucia esa que está frente por frente a un matorral asquerosísimo, lleno de violadores que se pasan la vida violando a los pajusos; de pajusos que se pasan la vida pajeándose a costilla de los violadores después de que los violan.

Nos sentamos los tres, Sandra en el medio. Estuvo media hora apretándome los huevos mientras le cogía la boca a Milton y decía que se iba a poner de pinga, que tú verás, que qué rico está esto.Después estuvo media hora diciendo que qué vergüenza hacer eso en la calle, que aunque fueran la una de la mañana eso era un lugar público, que hasta que no llegáramos a mi casa no había más calentadera de tubo…

La otra media hora se la metió durmiendo. Nos cogieron las seis de la mañana sentados todos en el mismo banco sin rastros de una guagua. Lo más probable es que haya sido culpa de la Miseria y la Melancolía, que andan por to’a La Habana jodiéndole la vida a los más pobres.

Así es la vida, ¿qué se le va a hacer?

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