VERGÜENZA

Publicado: noviembre 30, 2015 en Uncategorized

Me gustaría que la cabeza vengan a arrancarme/

ya que es la única manera que tengo de no pensarte.

Milton Mc Donald

Te extraño, bróder. Y todo ha cambiado. Pareciera que no, que ahora puedo ponerme el bolso verde al hombro y llegarme hasta el parque; pareciera, bróder, que vas a estar ahí, sentado como un tren en reposo encima del muro y que te vas a alegrar cuando me veas, porque, los dos, ninguno tiene nada metido en los bolsillos, apenas túun par de cigarros malos que te dejó tu pura en la mesita antes de irse a trabajar esta mañana, porque eres tan maduro que, la pobre, sabe que fumas. Prefirió saberlo. Y prefiere dejarte de sus cigarros para que tú solo tengas que hacer café. Te extraño, bróder. Y pareciera que esta mañana me desperté en tu casa con la libreta abierta y el bolígrafo, durmiendo en pantalones en tu cama y tú con tu pura, en el cuarto contiguo, porque somos hermanos también de verso y no está permitido para nosotros perder un minuto que no sea escribiendo, escuchando beats, pensando en la temática del próximo temazo que vamos a hacer juntos. Pareciera que acabo de escribir las siete estrofas de Escucha, Movimiento, y que hay que irse hasta allá hasta Alamar, a casa de Albany, para grabarlo gratis. Así que vamos en el P11, con el beat metido en una memoria y sueño, ojeras ovaladas bajo los ojos, y los dedos índice y pulgar amarillentos, las yemas, de fumar cabos y cabos de cigarros sin filtro, de armar brevas uniendo uno y el otro los mochos de papel con nicotina en un cilindro de hoja de libreta. Además, amo la manera en que escribes poesía en prosa, sin partir los versos, y el modo en el que todo te rima exacto, perfecto, con una métrica natural que soy incapaz de imitar naturalmente, que tengo que medir, pensar, dividir todo en líneas, una rima debajo de otra rima. Y sabes, bróder, todo ha cambiado. Ya no escribo en rimas. Soy incapaz. No encuentro la manera. Tengo extirpado el lado de la cabeza que pensaba en versos, y soy capaz apenas de disparar esta prosa mediocre pensando en ti, ahora, hace ya años, creo que dos, guardado, así, tan preso como cuando pasaste el servicio militar y fue traumático. Lo recuerdo bien, porque además estabas tan cerca de mi casa y yo tan lejos de mi casa, y de ti. Y soy un singao. Tienes todo el derecho a llamarme hijo de puta, y yo lo tengo, todo el derecho a decirme hijo de puta por ni hacer un espacio para verte, preguntar por ti, subirte una javita, hablar con tu mamá y darle las gracias por permitirnos molestarla tanto, por entenderte, por aquellos días en que metíamos un disco y otro en el huevito tuyo, de esa música rara, de ese sonido ahondado que nadie resiste salvo los que lo aman, los que perdonan, los que le deben tanto, esto, aquello, la vida nueva y útil, la cabeza redonda, las consignas y los resabios, los que le deben, bróder, o los que le debemos que ahora yo sea un gordo frente a una máquina tecleando, en cueros, y tú estés no sé dónde, no estoy seguro, bróder, la última vez le pregunté al Poeta y me dijo que estabas cana, bróder, guardado, solo, mirando todavía de afuera hacia adentro para ver si vienes, vestido y flaco, barbudo, rebelde y flaco, y solo, y yo. Esperanza. Que es poca, bróder. Lo sabemos ambos. Pero es la única mierda de la que uno se aguanta. Con la vergüenza, bróder. Con la vida. Con la razón, con todo, porque un día vas a ser un ser humano legal, ya falta poco, fumar va a ser legal, también meterse yerba fresca en los bolsillos. Te buscaban. Y yo te busco ahora y ni soy capaz de imaginar siquiera qué puede ser de ti, ni de pensar en el llanto de tu pura en el teléfono. La última vez, recuerdo, íbamos juntos a ver al tipo y el tipo no estaba, yo no tenía niño y tú eras libre, yo no pensaba en verso desde entonces y tú me enseñaste algo que, recuerdo, me dejó boquiabierto, escrito en prosa, con tu letra pequeña e infantil. También entonces pensamos en hacer canciones juntos, en volver a pasar por casa de Albany, o por casa de Carlitos. Fantasmas. Y recuerdo que te cuadraba aquello de no bañarse mucho. Aquello del piercing. Y que dos mil veces me dijiste que no subías ni horcado a un escenario conmigo si llevaba el esmalte en las uñas, negro. Y no. Ya no lo llevo, bróder. Ni vamos a subir a un escenario a no ser que. No vamos a hacerlo. No estoy seguro. Puede ser. Y te extraño. Qué sé yo.

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