TODA LA NOCHE EN ESO

Publicado: agosto 17, 2014 en Uncategorized

Me despertó el teléfono.
– Dime.
– ¿Román?
– Sí. Dime.
– ¿Qué tú haces?
– Coño, asere, durmiendo. ¿No se me nota?
– Bueno, tengo un evento ahí pa’ ti.
– Asere, ¿quién me habla?
– Johan, chico. Johan…
Johan era mi hermano. Es mi hermano. El único problema es que no somos de sangre.Somos hermanos de los que se escogen, que son los mejorcitos. La familia es depende de la que a uno le toque, y uno no puede cambiarla, es cuestión de te jodes y la aceptas. Pero la familia que uno escoge es distinta. Te da tiempo a pensar, a hablar basura, hasta que un día: ¿quieres ser mi hermano? Ah, está bien. Y es tu hermano: tralalátralalá…
Así hicimos nosotros. Johan llegó a mi escuela en quinto grado acabado de llegar del medio del monte. De Santiago de Cuba. Él siempre dice que eso allá está lindo, que es una ciudad con muchas casas, una iglesia, y un parque, y un museo, y un busto de Martí en alguna esquina, y que cuando uno llega de La Habana, aunque seas de Santiago, te caen arriba doce o quince guajiritas que te maman la pinga por un chicle, por un pan con tortilla, o por decirle a las demás guajiras que le mamaron la pinga a El Habanero. Y El Habanero pasa a ser entonces lo mismo que era El Zorro en California: un objeto sexual.
A mí nadie me jode. Eso es el monte.
– ¿Qué evento es ese, asere?
– ¿Tú te acuerdas de Ana Laura?
– ¿De quién?
– De Ana Laura.
– No.
– Papa, la que me cogió la boca jugando a la botellita el otro día.
– Qué coño voy a acordarme yo de eso, Johan. Éramos como quince…
A la botellita se jugaba todos los fines de semana en el Parque G. En la parte de abajo de la estatua de Calixto García. Siempre éramos los mismos. Parece que a los mismos nos gustaba tener siempre la misma excusa pa’ cogernos la boca entre nosotros.
– Asere, la gordita.
– ¡Ahh, la gordita!
Si la gordita es la que yo pensaba o Johan es miope o le tenía un cariño del carajo. La tipa era una gorda psicodélica. Una marmota de trescientas libras con unas nalgas grandes metidas a presión en una licra de esas que dejan ver la celulitis porque se mete entre los agujeros y te los pone en los ojos como cráteres, como diciendo: ¡miiiraaaa, celuliiitiiiiisss!Un cachalote de tetas enormes, tetas llenas de grietas, ubres de chiva vieja cuidadosamente caídas sobre el ombligo y unos pezones negros y redondos, tiernos, erectos, listos para el ordeño.Pezones que había tenido en mi boca la noche antes, y también las nalgas, corajudas, grandotas, puestas a cuatro patas en el piso del baño de casa de un amigo. Una gorda caliente dueña de un bollo limpio y desahogado donde metí la lengua unos minutos, donde metí la pinga y me bailaba no sé por qué razón.Un bollo hipocondríaco donde también mi amigo, el dueño de la casa, metió la pingaen el mismo momento en que mi pinga se tomaba un descanso en la boca de la gorda. Toda la noche en eso…
– ¿Ya te acuerdas? – dice el pobre Johan, ilusionado.
– Le metí el rabo anoche.
– ¡No me jodas!
– Si te jodo.
– ¿Y qué tal?
– Na’. Más o menos…
– Pues ella me llamó por la mañana pa’ que fuera a su casa. Me dijo que se estaba masturbando pensando en ti y en mí.
– ¡No me jodas!
– Si te jodo.
– ¿Y tú qué le dijiste?
– Que íbamos pa’ su casa por la tarde a quitarle la picazón. Por eso te llamé. ¿No estás pa’ eso?
– Asere, sí. Hace rato que no compartimos una jeva tú y yo. ¿A qué hora nos vemos?
– A las cinco.
– ¿Donde siempre?
– Donde siempre.
A las cuatro y cuarenta estaba yo fumándome un cigarro en los banquitos de G y 25. Johan llegó diez minutos después.

 

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Dime, tristeza

Publicado: agosto 7, 2014 en Uncategorized
Cuadro de Edvard Munch

Cuadro de Edvard Munch

 

Por Jesús Jank Curbelo

Así, sentado, de noche, escribiendo. Mi hijo duerme, entonces me permito unos minutos tristes. Es difícil, me consta. Y eso que tengo un piano que es lo más mustio que he escuchado nunca. Miento, hay cosas más mustias. Pianos más mustios. Mozart, Debussy.

Esto no. Esto es una tristeza comercial. Una tristeza para ser vendida que perdió hace bastante el sentido del llanto. El sentido de sentarse de noche a recordar fumándose un cigarro. Una tristeza bastante pensada, cómoda. Una tristeza con arreglos. Teatro, postalita. No se vale. Hay mucha gente pobre pagando unos centavos por llevarse contigo esta tristeza. Por no sentirse solos, desechables. Por no sentirse lo único triste que flota con las moscas encima del latón de la basura. Debajo del camión de la basura. Mucho más bajo que la vida aún.

Hay mucha gente trabajando duro detrás de esta tristeza. Muchas horas de hombre sentado frente al piano. Mucha miel, mucha yerba, perfume, cascarilla, clara de huevo. Mucho tabaco que no fue comprado. Mucha escritura sobre un pentagrama. Mucho tiempo feliz. Mucho equilibrio que pudo perfectamente saltarse esa tristeza corriente como un bache y seguir corriendo recto.

Pero esto vende. La tristeza, vende. Qué triste, ¿no? Jugar con tus adentros como si tus adentros, además de ser pobres, fueran plásticos. Como si rebotaran entre las varias paredes del Banco, de la tarjeta donde están los dólares del vendedor de espinas. Del tipo que te dijo que las rosas no eran rojas del todo, y te jodió el sentido del amor para venderte el sentido de una tristeza turbia como esta que ahora escucho, que puede serAdele o ser The Beatles; que puede ser Shakira, Metallica,Eminem (Pitbull nunca está triste); que puede ser LiubaMaría Hevia, Jacob Forever, Silvio, Los Aldeanos…

Una tristeza con cerebro dentro que deja de ser limpia. Que ya no es lo bonito que se le ve después a ese momento en el que uno pierde todo, una pareja, el pollo, el P14, un familiar. Ese momento en que uno está tan gacho, corroído por dentro, que sale caminando con los pasos pesados y los párpados, la permanencia de una nube gris.

Esa tristeza que bien yo conozco, que faja, que se extraña.La que se va al garete dentro de un par de discos de platino y no hace nada por sí, por aferrarse, por seguirnos cayendo como el manto de estrellas de Morfeo encima de las cabezas. La que reprocho: dime, oh tristeza, tú dime, mientras tanto, when will I see you again?

TE VO’ A DAR MÁS CANDELA

Publicado: agosto 1, 2014 en Uncategorized

1

No tenía un gran culo. La verdad, era un culito flaco pegado a un par de muslos bajo una saya azul de maestra emergente. Un culito macizo de mulata oriental, de guantanamera rojiza con unos ojos chinos mandados a correr desdeuna cara hermosa y una pelambre negra suelta hasta la cintura, o hecha trenzas encima de las tetas.

Recuerdo que solía masturbarme todas las tardes tocando esas tetas con la imaginación. Tocando con las manos la parte redonda y fría de la taza del baño, botando baba de la lengua como un perro de pelea amarrado a un tío vivo. Pensando en los pezones carmelitas que salían de debajo de esa blusa de maestra emergente abierta hasta la mitadel día entero mientras hablaba de español- literatura, de con qué tipo de tilde se escribe en la pizarra la palabra erección, la palabra tocarse los cojones desde la última fila de la clase mirándola, sabiendo que ella sabe que uno se está tocando los cojones y sigue hablando con la blusa abierta, con la sonrisa abierta, con las piernas…

Yilian tenía diecinueve años. Yo como doce o trece, no recuerdo.Lo que si tengo claro es que acababa de llegar a la escuela secundaria con mi barriga y mi cara de imbécil. Que ella acababa de llegar de oriente, desquiciada y bucólica. Que en ese entonces diecinueve años me parecían una eternidad.

El caso es que aquella tarde sonó el timbre de merienda, el clásico yogur y pan con torta que supone el almuerzo, y yo me quedé en el aula. Yilian estaba sentada en una mesa al final del aula hablando con Lisbet. Yo estaba haciendo sabrá dios qué cosa hasta que ella me llamó tranquilamente, yo fui tranquilamente, y ella me dijo así, tranquilamente: ¿Tú quieres ser mi novio? Yo le dije que sí, tranquilamente, y volví a hacer lo que sea que estuviera haciendo.Desde entonces, supongo, fuimos novios.

2

En la vida le puse un dedo encima. Yo era demasiado comemierda como para tocarla. Además, no sé por qué timbales se me ocurrió que aquello era mentira, que era un chiste de Yilianpa’ hacerse la graciosa alante deLisbet.

Ella en la vida me puso un dedo encima. En la vida se le ocurrió llevarme hasta su beca y ponerme la papaya, afeitada y rojiza, en la carota, a ver si yo sabía hacer cosas con la lengua. Lo más que hizo una vez fue enseñarme unas fotos que tenía sin blusa, sentada sobre el suelo como un buda flaco, con las trenzas tapándole las tetas. Me preguntó si aquello me gustaba y yo le dije que sí, y que podía enseñarme las fotos en que tenía las tetas completamente afuera porque de todos modos ya yo le había visto los pezones por debajo de la blusa, además, así iba a tener material suficiente en mi memoria fotográfica pa’ hacerme pajas después, por la tarde, y por las noches antes de dormir.

Ella se sonrío, me dijo fresco, guardó las fotos y me dejó solo.

Yo estaba loco por lamberle el cuello. Por besarle los labios. Por abrirle las nalgas y meterle los dedos en el ojo del culo, sacarlos llenos de su mierda guantanamera y metérsela en la boca, y embarrarle la cara mientras le metía el rabo por cualquier agujero hasta botar dos galones de semen. Por subirme después la portañuela y perderme pa’l carajo. Dejarla ahí, con el culito abierto, la boca llena de mierda y la espalda llena de leche. Pero eso solo sucedió en mi mente. Y me daba lo mismo.

Después llegó José Carlos, chiquillo nuevo al aula, y Yilian le empezó a coger cariño. Yo lo sabía perfectamente y me daba lo mismo. Sabía que ella lo metía en el baño y le enseñaba las nalgas, los hilos dentales de encaje que se ponía debajo de la saya en vivo y en directo, mientras yo tenía que vérselos desde la última fila cuando abría las patas, sentadaen el buró. Y me daba lo mismo. La verdad, estaba demasiado ocupado todas las tardes haciendo ejercicios para ponerme lindo para ella como para pensar.

Sabía perfectamente que ella solía quedarse en su casa, que un día se arrodilló frente a la virginidad de José Carlos y se la metió en la boca, y que tenía una boca lo suficientemente profunda y espaciosa como para meterse doce o trece años de virginidad viril hasta lo último, que la virginidad de José Carlos siguió recto por toda la garganta de Yilian, el esófago, llegó hasta el ojo del culo, y allí quedó, despierta, cansada, sonriendo.

Yo lo sabía porque José Carlos se hizo mi amigo y me contaba todo. Y se limpiaba el culo con mi envidia de una manerahorrible.

3

A los dos o tres meses se mudó José Carlos. Yilian seguía con la blusa abiertaabriéndolelas patas a los varones de la última fila, luchando su regalo del día del maestro. Y los varones de la última fila le dimos uso al yogur del almuerzo echándonoslo encima del pantalón del uniforme después de masturbarnos, con el bolsillo roto para meter la mano en cuanto se le viera un pedacito de blúmer.

Ella también se excitaba mirándonos.Tanto que el día de la fiesta del maestro la borrachera le dio por bailar con cada uno de nosotros. Recuerdo que empezó a ponerse en cuatro apoyada en sus rodillas frente a uno, y al otro, al otro, al otro:se empinaba y descoyuntaba el culo como si no le formara parte de la cintura. Y lo movía en redondo, tarareaba, gemía, sonreía cachonda cuando sentía encima de sus nalgasla virginidad de alguien desperezándose, botando líquido. Entonces lo soltaba, buscaba otro, lo pegaba a la pared y se le paraba enfrente.

A veces bailaba con dos a un tiempo, uno delante tocándole el culo y el otro por detrás; hasta que se aburría del de alante, le bajaba las manos y se apoyaba encima de sus hombros, empinándole mucho más el culo al pobre virgen que se le movía atrás, hacía lo suyo, quedaba bien y se desparramaba. Yilian gemía entonces, sonreía, y seguía tarareando: pero sabes que tu cuerpo me atormenta/ y cuando yo a ti te coja/ te vo’ a dar más candela…

Yo miraba el paisaje sentado en una mesa.Yilian pidió que bailara con ella y le dije que no estaba pa’ eso, que estaba muy ocupado luchando material pa’ mi memoria fotográfica, pa’ mis orgasmos en la tasa del baño, los de antes de dormirme. Ella se molestó, me llamó aparte, me dijo que si yo no la quería. Yo le dije que me daba lo mismo, que de todas maneras lo más que había hecho ella en su papel de novia por sacarme la leche había sido abrir las patas frente al aula, enseñarme las tetas por debajo de la blusa. Ella dijo que todo no era el sexo, olvídate de mí, eres una mierda.

Yo hice lo que dijeron mis tres dedos de frente. Por ese entonces comencé a fumar.

LA FIESTA DE LA CHINA

Publicado: julio 24, 2014 en Uncategorized

1

Desperté en el sofá con una alegría del carajo. Me puse un short y fui hasta casa de Nacho. Me lo encontré con el pecho afeitado, sentado frente a la computadora escuchando LimpBizkit. Eatyourlife/ eatyoualive. Me dijo que él también estaba alegre y no sabía por qué, que suponía que era por mi culpa, por mi jevita nueva, que si quería llamarla por teléfono.

Agarré el inalámbrico, subí la música y marqué los siete números: siete nueve siete, no sé qué, no sé cuánto. Todavía recuerdo aquellos números. Me salió la mamá, una suegra amable, pensé, y me dijo que La China estaba, pero estaba en el baño. Haciéndose una paja, dijo Nacho. A costilla del novio, dije yo, y me encaramé en la idea. Y quise hacer lo mismo por un problema de estación romántica, de ver estrellas juntos aunque sea las que cuelgan del techo después de los orgasmos, aunque sean los orgasmos que uno tienequimbándose a uno mismo. Estrellas mirahuecos adictas al cigarro de después de venirse.

– ¿Entonces qué bolá? –me dijo Nacho. Llevaba diez minutos en su cuarto y no había notado que el pobre tenía algo parecido a la resaca. Un algo parecido a la anorexia. Probablemente, sueño.

– ¿Qué bolá qué? –le dije.

– ¿Y la fiesta?

– Se mantiene, supongo.

– ¿Zoriem va a ir?

– Si no lo sabes tú…

Zoriem era amiguita de La China. Pelirroja de dos metros y medio con granos en la cara. Pero tenía algo sexy. Creo que lo más sexy que tenía era mucho dinero gastado en maquillaje, en perfumitos, en un par de Converses nuevecitos y unos Hollywood rojos. La China no, La China era distinta, más bajita que yo, de boca grande, fan de Marilyn Manson, con unas piernas duras y torneadas montadas sobre un cerdo con un velo de novia en la cabeza y las costillas al aire. Además, era virgen.

Se había hecho mi novia el día antes en el pasillo que da a la escalera que da al segundo piso de las aulas que están frente por frente a la piscina.Cualquiera de La Lenin sabe de lo que hablo. Me había dado un beso que como beso había sido una mierda, un beso raro, feo, y tan sincero que me hizo ver fuegos artificiales. Por eso abrí los ojos todo el tiempo. Y eso le molestó. Me dijo que por qué abría los ojos. Le dije que no los tenía abiertos, que eso era idea suya, pensé que si le decía la verdad iba a pensar que yo era medio pájaro. O cuanto menos, yegua.

Nacho estaba en lo mismo con Zoriem.

2

A las seis de la tarde salimos pa’ la fiesta. Creo que cogimos un taxi, dos taxis, tres taxis, todo por llegar temprano. Guanabacoa está lejos. Yo iba vestido con camisa de hilo, jean roto por los bajos de pisarlos y mis tenis del momento. Nacho iba friki como de costumbre. Cuando llegamos, aun había sol.

Encontramos la casa de milagro.

– La China no ha llegado, ¿tú eres Román?, me preguntó la madre.

– Yo mismo soy.

– Es un placer, mi vida, La China no hace más que hablar de ti. ¿Quieren pasar, sentarse, esperarla?

– No, gracias, por favor, no se moleste. Esperamos afuera, en algún parque. Creo que vimos un parque por la esquina. Cuando llegue le dice que nos vaya a buscar.

Llegó La China a los quince minutos. La vi de lejos y me puse contento. Es un cañón, le digo a Nacho, ¿eh? Zoriem está mejor, me dijo Nacho. Si tú lo dices. La China se acerca. Me levanto del banco como si el banco tuviera un resorte. Me acerco. Me sonríe. Me da un beso francés con lengua, labios. Noto que intenta mejorar el beso del día antes y no cojo lucha. Este beso también es una mierda.

– ¿A qué sabe mi boca?

– No sé.

Me da otro beso.

– ¿No sientes el sabor?

– ¿A caramelo?

– No, tonto, a ciruela.

– Ciruela, claro.

– ¿Trajiste disfraz?

La fiesta era una fiesta de disfraces. Nacho y yo lo sabíamos hacía una semana. Antes de yo empatarme con La China. Antes del juego raro que tenían entre manos él y Zoriem. El juego de no estamos, pero estamos pa’ estar. Sí, lo sabíamos. No llevamos disfraces porque nos pareció lo más ridículo del mundo. Porque no había de qué disfrazarse. Porque no nos salió de los cojones.

– No. No traje ninguno.

– ¿Y tú te crees que el novio de la dueña de la fiesta va a estar sin disfrazarse?

– Sí.

– Pues mira que no. Ahora mismo te conseguimos algo.

Entramos a la casa.

– Mira, mamá, mi novio.

– Ya lo vi.

– Es lindo, ¿eh?

Silencio.

– Tú y tus gustos.

– Mira, papá, mi novio.

– Mucho gusto, ¿trajo disfraz?

– No trajo, pobrecito, déjame ver qué cosa se me ocurre.

Me entra a su cuarto. Revisa en el closet.

– Ya sé, voy a vestirte de mujer.

Yo estaba loco por quitarme el pulóver. Llevaba desde séptimo grado haciendo planchas, barras, paralelas, para ponerme bueno para Yilian y había logrado la mitad del objetivo: bueno me había puesto; a Yilian esa mierda jamás, nunca en la vida le importó. Ya después, en La Lenin, seguí haciendo ejercicios. A mí no me gustaba hacer aquello, pero llegó un momento en el que se hizo adictivo. Tampoco me ha gustado nunca el ron y estuve años tomándome cualquier indumbe líquido metido en pomos plásticos por treinta pesos en la calle G.

– ¿¡De mujer!?

– ¡De mujer!

– Na’. Tú estás loca…

– No seas machista, chico.

– Bueno, vale…

De todos modos yo estaba loquito por quitarme el pulóver. Por enseñarle a La China los cuadritos que tenía en el estómago, con sus lados opuestos paralelos, sus cuatro ángulos rectos. Más cuadrosque un tablero de ajedrez.

Me quedé en calzoncillos y abrió los ojos como dos ciruelas. Puse el pulóver creo que en la cama y contraje los músculos, los cuadros. Ella siguió con sus dos ojos chinos redondos como dos cosas redondas. Dos cosas muy redondas. Supongo que se relamió los labios y pensó en lo bueno que estaba su novio, cuadrado, negro, sobre fondo blanco. O pensó en qué carajo hacía ella, tan linda, con sus piernas torneadas y sus nalgas, empatada con semejante imbécil.No sé, esas cosas solo las supongo…

Perdí el sentido a los quince minutos. Después de que su padre abrió la puerta y me vio con mis músculos. Y vio los ojos chinos de su hija cada vez más salidos de sus órbitas. Y me llamó un momento a la cocina, a ayudarlo con el ron.

EL DÍA EN QUE ME METIERON EL PIE

Publicado: julio 17, 2014 en Uncategorized

1

Yo era un gordito bobo en tercer grado con ganas de pintar. Pasaba horas y horas del día copiando a lápiz las caricaturas del Juventud Rebelde del domingo, paralizando los dibujos animados mientras aparecían correteando dentro de la pantalla del televisor soviético de mi casa: dibujitos malucos que conservo en un montón de libretas a rayas que no van a costar ni diez centavos el día en que me muera, aunque me muera siendo una vaca historiográfica de la literatura en mi país.

Yo era un gordito bobo con un lápiz pintando a Buzz Lightyear, a Mickey Mouse, al Pájaro Loco: héroes foráneos, héroes llamativos de los que tienen que asirse los pequeños pioneros moncadistas en detrimento del genio creativo de los dibujadores de muñecos cubanos que no son Juan Padrón.

Aquel día no sé por qué motivo me dio por salir al recreo. Normalmente este horario lo aprovechaba para sacar punta, para comerme mi pan con aceite mientras mentía a mis compañeritos diciendo que era pan con mantequilla derretida, porque no sé por qué me avergonzaba de mi pan con aceite y sal, que a veces era aceite, sal y ajo, y a veces era aceite, sal y ajo con un accésit de refresco en polvo: pero este accésit era solo a veces, las pocas veces en las que mi abuela sacaba fuerzas de no sé qué alma de las tantas que tiene para limpiar más casas de las habituales, o hacer más guardias en el Contingente de las que habitualmente se espantaba para poder ponerme el plato de arroz sobre la mesa, y el pan con sal y aceite en la mochila.

Pero aquel día salí pa’l recreo.

Recuerdo que alguien se tomó el trabajo de llegarse hasta el murito en que estaba yo sentado conversando con nadie y me comentó que Roger había hecho un dibujo que estaba morti- morti, un dibujo que partía en pedazos todos los dibujos de todas las libretas mías a los que les dedicaba tanto tiempo; que Roger era mejor que yo, y que además su dibujo tenía colores y los míos eran a lápiz, en blanco y negro…

Y yo a esa hora me puse a explicarle que Roger pintaba mejor que yo porque él estaba en sexto grado y yo en tercero; y que mis dibujos eran en blanco y negro porque eran los mismos dibujos que ponían en el televisor, y que yo no era mago para enterarme de qué colores era Buzz Lightyear porque en mi televisor no se veían los colores, y que además no eran en blanco y negro, eran en blanco y negro y en azul, porque de qué color son las rayitas de la libreta, rayitas que yo usaba como piso, como parte del cielo, o como lo que me viniera en gana cuando estaba pintando.

Pero el chiquito aquel no me entendió. Siguió diciendo que si Roger esto, que si Roger lo otro, y que cómo era posible que en mi televisor no se vieran los colores, que en el televisor de su casa se veían de lo más bien, y que pa’ que lo fuera sabiendo, el traje de Buzz Lightyear es blanco y tira un rayito rojo de la mano, y que Booster es rojo, y XR amarillo, y que Mira es azul… Y tanto dio hasta que me convenció de que fuera a ver a Roger para que me enseñara su dibujo, para que me enseñara cómo se hace un dibujo morti- morti, a ver si cuando Roger terminara sexto grado y se fuera pa’ la escuela secundaria, yo era el mejor de la escuela pintando. En fin, me convenció, y allá nos fuimos.

2

Recuerdo que el dibujo morti- morti, la creación de Roger, no era La Mona Lisa pero no estaba mal. El que si estaba mal de la cabeza (y de lo que no es la cabeza) era el tal Roger: un flaco blanco con muy pocos dientes, residuo de jenízaro sin pañoleta y con la camisa por fuera; de los típicos chamas que utilizan el lápiz como objeto punzante para clavárselo a los demás niños en el cachete si no le dan un poquito de refresco, un pedacito de pan con jamonada, con sal y aceite, o con mantequilla derretida. Un flaco blanco con muy pocos dientes de los que saltan la reja de la escuela pa’ ir a bañarse al río en calzoncillos, pa’ tirar perles o pa’ irse a tumbar mamoncillos chinos en el patio de casa de Ana, la señora que vende rosquitas.

Poco después me enteré por mi abuela de que el padre de Roger era el temba de bigote felpudo, amarillento, que iba cuadra por cuadra haciendo nada en su bicicleta Forever macho, con caballo y sillita de madera incorporada. Las bicicletas macho eran (o son) las que tienen caballo; y el caballo no es más que un tubo de aluminio horizontal soldado entre el asiento y el soporte del timón; la sillita de tabla incorporada al caballo supongo que sirvió en algún momento para mover a Roger, cuando era todavía un pichoncito de residuo de jenízaro.

A modo de paréntesis, y por tan minuciosa descripción, intuyo que han notado que la velocipedia es un arte del que no entiendo un timbal…

Luego supe también que el bigote felpudo amarillento del papá del jenízaro tenía ese color amarillento por el tabaco y por sus derivados; y que los cuatro pelos pegajosos debajo de la gorra roja, únicamente roja, del temba de la bicicleta macho estaban ahí porque el temba era alcohólico… Lo que mi abuela no me explicó nunca fue el por qué andaba siempre pedaleando cuadra por cuadra, esquina por esquina: supongo que era algún modus vivendi, o que no debería juzgar a la ligera, o que debería dejar de suponer.

De todos modos la obra maestra era na’ del otro mundo. Una versión contrahecha de Dibu, el de las aventuras: el muñequito ese pelirrojo de zapatos cuadrados y pecas en la cara que estuvo media serie tratando de quimbarse a la hermanita y la otra mitad naciendo: el mismo Dibu que todos pintaban, que incluso yo pintaba de memoria: el Dibu con el que tanto dinero hizo Ana, la señora de las rosquitas, vendiendo la caricatura impresa en diversas posiciones, colores y tamaños, a dos pesos la hoja en blanco y negro, y a cinco pesos la hoja a color.

Pero el Dibu de Roger era un tipo moderno, con sobretodo, espejuelos oscuros y cara de buquenque, y hasta una hoja de marihuana tatuada en el dorso de una mano que al cabo de los años, con las delicias múltiples, vine a enterarme de que la hojita aquella de siete puntas verdes se llama marihuana, y de que la razón por la que estaba pegada a la mano de Dibu era gracias al gancho de una cosa a la que llaman tatuaje; mientras tanto me estuve preguntando qué leyes físicas permitían que Dibu se aguantara una matica en la parte frontal de la mano con ayuda de un anillo, porque estuve unos días tratando de lograrlo y me resultó imposible.

Y ahora que lo pienso, todavía me sigo preguntando qué extrañas leyes físicas hicieron posible que me enamorara irremediablemente del cabrón dibujo. Tanto fue así que decidí quedármelo. No pregunten por qué.

– Me quiero quedar con tu dibujo –le digo a Roger con mi aspecto de gordito bobo sobresaliente en todo tercer grado por las tremendas ganas de pintar. Supongo que en ese momento al chiquillo aquel se le encaramó encima la parte miserable del cuando aquello recién estrenado y recién desconocido por nosotros espíritu de Jean Michel Basquiat. O sea, que me dice sin pensarlo:

– Te lo vendo.                                                                                                 

– ¿A cuánto?

– A cinco pesos.

Cualquier coleccionista respetable, cualquier Andy Warhol con un fin benéfico hubiera adquirido una pieza tan buena, tan admirada y recontraelogiada por mi escuela completa, por semejante suma pusilánime. Así que yo lo quise hacer también.

– Está bien, pero no tengo dinero ahora. ¿Te lo puedo traer mañana a la escuela?

– Ah, no, pero si tengo que esperar hasta mañana entonces son diez pesos…

– ¿¡Diez pesos!?

– Diez pesos.

– Pero…

– Si no me das los diez pesos mañana me quedo con mi dibujo. Si no, dame los cinco pesos ahora.

En ese momento sentí como que el Dibu me echaba un ojo por encima de sus espejuelos oscuros y sonreía con sonrisa de buquenque. Todavía me sigo preguntando qué extrañas leyes físicas hicieron posible que me enamorara irremediablemente del cabrón Dibu aquel con sobretodo y tatuaje en el dorso de la mano…

Acepto. Trato hecho. Si hubiera sido un hombre de negocios me hubiera frotado las manos maliciosamente y hubiera celebrado mi victoria. Si hubiera sido un hombre de negocios con manos… Nada de pago por adelantado y la pieza en mi poder.

3

A eso de las cinco de la tarde, cinco y media quizás, estaba yo en la sala de mi casa con mi yogur de fresa en una mano y los ojos dentro del televisor. El yogur de fresa de mi infancia tiene un sabor innato: un sabor construido por el recuerdo del refrigerador azul metálico: metálico el azul, el aparato era como de un yerro gigantesco impresionante, como un tractor color azul metálico parqueado en la cocina con manigueta y palanca de cierre; un sabor inusual condicionado por el olor del nailon de la bolsa mordida en una esquina por los dientes de alguien que eran míos más el olor transparente del plástico de la jarra donde solía meter la bolsa de nailon una vez carcomida, y dejar luego en reposo aquel ready-made de plástico y de nailon dulce, fresa, bien reposado dentro del tractor… Pero el yogur de fresa de mi infancia es un dato irrelevante.

Estaba yo a las cinco de la tarde con mi yogur y mi guanajería sentado frente al televisor blanquinegro de mi casa cuando siento que me llaman:

– ¡Román! ¡Román! ¡Román!

Como yo no me llamo Román, decido hacer la mundialmente conocida guerrilla semiológica y seguirme tomando impasiblemente mi yogur de fresa, como si fuera ese el fin del cuento; pero teniendo en cuenta que la presente es una historia verídica, y que los nombres de los personajes han sido modificados por un problema básico de Derechos Humanos, supongo que me toca por la nómina tener Román por nombre y que alguien me esté llamando desde afuera. Así que supongamos que me llaman. Y supongamos que salgo al portal.

Salgo al portal y en la acera está Roger encaramado en un una bicicleta Forever macho, con caballo y sillita de madera incorporada. Dice que viene a buscar los diez pesos para hacerme el favor de que yo no tuviera que tomarme la molestia de llevárselos a la escuela mañana. Además dice amablemente que coño, que me apure, que no está pa’ esperar la tarde entera por mi santa paciencia porque está al cerrar la tienda de ropa reciclada, y él tiene que salir de ahí, con esos diez pesos, a comprarse una cadenita de plata falsa, de plata de la que cagó la gata, como se decía en mi escuela, que estaban vendiendo en la dichosa tienda a cuatro pesos con cincuenta centavos, y que él estaba loco por comprársela porque tú sabe’ lo que e’ entral pa’ la ejcuela sin pañoleta y con la cadenita puejta, qué clase de voltaje vo’ a tenel…

Así que subo un momentico al cuarto y reviso las gavetas: exactamente la gaveta aquella que jamás en mi vida había abierto, la tercera gaveta a la derecha en la que sabía que mi mamá guardaba el salario mensual: el cartuchito de color cartucho escrito con bolígrafo: Lázara García, 250 pesos.

Como no encuentro billetes de cinco ni de diez pesos engancho uno de veinte y bajo las escaleras. Salgo al portal donde aún espera Roger, el flaco blanco con muy pocos dientes en su bicicleta Forever macho y le digo que no tengo los diez pesos, que lo único que tengo es un billete de veinte, que si él tiene diez pesos pa’ yo darle los veinte míos y que él me diera los diez de él, que sería lo mismo que si yo le hubiera dado los diez pesos que tenía que darle, porque los veinte míos menos los diez de él, eran los diez que le debía ahora, que en un principio eran cinco, pero que ahora eran diez. Tantas explicaciones a un residuo de jenízaro de sexto grado, que como casi todo sexto grado, no sabía restar.

– ¡Yo no tengo dinero! –me dice con una voz engolada, carrasposa y redonda; voz con la que supongo que le ponga la carne de gallina a los gorditos bobos de tercer grado o de segundo grado a los que tumba pa’l suelo a piñazos como si fueran bolos todas las tardes a las cuatro y veinte a dos cuadras de la escuela.

– Y yo no voy a darte los veinte pesos… -le espeto valiente; tanto que si Buzz Lightyear hubiera estado cerca me hubiera puesto al pecho una medalla del Comando Estelar.

Pero no estaba cerca. Me percaté de que no estaba cerca porque vi a Roger mirar a ambos lados para advertir que no estaba allí cerca ni mi abuela, ni mi mamá, ni Buzz Lightyear, ni nadie que pudiera tirarme un cabo mientras se le iban amoratando las venas de la frente y comenzaba a levantar los brazos con una pesadez inexplicable y me decía que por favor, que él quería comprarse la cadenita plateada aquella y que no tenía de dónde sacar el dinero, los cuatro pesos con cincuenta centavos, y que le hacían falta los diez pesos lo más rápido posible porque ayer cuando había pasado en bicicleta por la tienda de ropa reciclada quedaban ya muy pocas cadenitas, y además él quería comprar dos, una pa’ él con la mitad de un corazoncito, y otra con la otra mitad del corazoncito pa’ regalársela a la chiquilla que le partía el pecho, al amor de su vida; y además, imagínate, la escuela entera se estaba comprando las cadenitas aquellas porque eran una ganga, de lo más lindas que estaban con su dije plateado que te dejaban escoger el que más te gustara y todo, como hacían en la chopin, y que hasta yo debería embullarme y comprarme una cadenita, ya tú sabes, pa’ no estar fuera e’ moda, y pa’ que yo también pudiera echarme un amor de mi vida, la rubiecita esa que él sabía perfectamente que yo no podía dejar de mirar…

4                                    

Como Román soy yo, pues ahí va el bobo de Román con las nalgas entumecidas en la parrilla de la bicicleta macho de Roger rumbo a la tienda de ropa reciclada con un billete de veinte pesos en una mano y la otra mano en el metal que sobra por fuera de las nalgas en la parrilla de siete huecos, porque eso de andar aguantándose de la cintura del que pedalea es un poco maricón.

Y ahí va Román a quedarse en la puerta de la tienda de ropa reciclada mientras Roger parquea la bicicleta en algún lugar de la acera y entra a la tienda con los veinte pesos a comprar dos cadenitas de plata de la que cagó la gata; y mientras Román vigila certero, confianzudo, que ningún comemierda vaya a robarse el aluminio de la bicicleta, la tendera que queda a sus espaldas le dice a Roger que lo siente mucho, pero que queda una sola cadenita con un dije plateado y rojo, y Roger se la compra pensando con certeza que lo rojo del dije va a combinar toca’o con lo rojizo que queda del color original de la pañoleta del uniforme de pionero que no usa, pero que piensa usar con su cadena a partir de ahora de lo más contento; y mientras Roger sale de la tienda con su cadena de un plateado opaco enroscada en el cuello, Román voltea el cuello hacia la tienda y ve a Roger cómo sale, y le pregunta que si por fin compró las dos cadenitas, y Roger, ese flaco jenízaro con pocos dientes blancos, pone la cara de un hombre que sufre y le dice a Román que sí, que compró las dos cadenitas, y que ahí tiene cincuenta centavos pa’ por si acaso se embulla a comprarse por fin su cadenita propia le falten solamente cuatro pesos, y le deja bien claro, siempre teniendo en cuenta su cara flaca del hombre que sufre, que el gesto de regalarle los cincuenta centavos a Román es un gesto cristiano, de buena voluntad y respeto mutuo.

Toma Román sus cincuenta centavos, los guarda en un bolsillo del short que trae puesto y se monta en la parrilla de siete huecos de la bicicleta macho de Roger pensando en Andy Warhol, y en cómo va a decirle a los chiquillos envidiosos de todo tercer grado que ese Dibu moderno, con sobretodo, espejuelos oscuros y cara de buquenque, lo había pintado él.

Por Jesús Jank Curbelo

Comenzado a leer a Juan Villoro supe que ya era tarde.

Tarde para toparme de una manera atroz y repentina con estupendas crónicas totalmente dotadas de pies y de cabezas, de brazos, bazos, torsos, sistemas digestivos, laringes, tráqueas, pelvis. Exagero.

Patidifusas crónicas como los leviatanes. Con todos los pedazos necesarios organizados mal, no erróneamente, sino de la veraz manera ecuánime en que organizaban su arte los cubistas. De una manera concebida, redonda y bozalmente, para que nadie logre entender nada. Por allá un brazo. Lejos, una nariz. Y un pie sobre una lámpara. Y un cerebelo haciendo dirtydancing sobre un balón de fútbol.

Abrí otra. Lo mismo. Luego otra. Pensé (yo también pienso) – Debo ser yo, vulgar infortunado a quien no le gusta nada de lo que las personas normalucas adoran. O será acaso que no fui partícipe de la estadía de Don Juan en Cuba. O que no estoy maduro para entender cosas como el cubismo. O que ha llegado a la croniquería un nuevo Marcel Duchamp…

Y comencé a hacer esto. A escribir, esto. Di un par de vueltas mientras borroneaba. Abrí la Wikipedia. Busqué al hombre. Vi que figura en el top ten latino de escritores con muy notables vergas. Pensé en los pros de hacerlo. No eran muchos. Pensé en los contras. Tampoco eran muchos. Y en ese estiraencoge me di cuenta de un algo desdeñoso.

También yo estaba armando un leviatán.

La oreja donde creo que va la oreja. Las patas donde creo que van las patas. Donde creo que funcionen, más o menos. Lo mismo con los brazos, bazos, torsos, sistemas digestivos, laringes, tráqueas, pelvis. El título vendría siendo el rostro. Y el entrelíneas puede ser entonces, la pieza espiritual.

Alguna vez leí en una pancarta: Juan Villoro ha domado un ornitorrinco. Ahora que estoy en ello, no lo dudo.

facho (1)

facho (2) facho (3) facho (4) facho (5) facho (6) facho (7) facho (8) facho (9) facho (10) facho (11) facho (12) facho (13) facho (14) facho (15)

Por Jesús Jank Curbelo

1

Estaba con Jorgito sentado en la parada del P11 a las tres de la mañana. La cola era una masa compacta de gente sin pies ni cabeza. Brazos y piernas, cuellos y relleno de estómagos fluctuaban como alas la cochambre de aquí hacia allá. Del contén a la acera. Del césped a la yerba. De la yerba…

La cola era una masa compacta de gente sin pies ni cabeza con tufo a vómito y a ron Caney.

Una cabeza negra me parece conocida. Se acerca hacia nosotros dando saltos como salta la gente cuando está muy contenta o cuando le duele un pie. Con el tumbao típico con el que suelen caminar los guapos que esperan el P11 a las tres de la mañana acabados de salir del Malecón.

– Jorgito, digo yo, ¿el prieto aquel te suena de algún la’o?

Una cabeza negra se continúa acercando. Ahora ya tiene dientes. Puedo verlos. A las tres de la mañana casi todos los negros utilizan los dientes a modo de linterna. No es que sean unos negros muy felices; es un problema de que, si no es así, no ven.

Se acerca un poco más, tímidamente.

– Asere, ese es el Denis.

– Ah, mira tú que bien…

2

Los dientes que gobiernan la cabeza negra del cuerpo del tipo llamado Denis acaban por llegar.

– Asere, ¿no te has fijado en las dos prietas aquellas?

– No.

– Mira, míralas bien.

– Ah, no me joda’ Denis. Con el calor que hace me voy a poner yo a fijarme en dos prietas… que por demás parecen deliciosas… con unos culos que dios los proteja… y esas bembonas desabotonándome…

– Bueno, mira esta talla… Ve y dile a la que más te guste de las dos que le vamos a dar veinte dólares si nos deja escupirle el ojo del culo…

Una nalga maciza. Otra nalga. El ojo del culo. Un poco más abajo, la perilla luce tal cual luciera una manzana que ha estado demasiado tiempo frígida. Y un gargajo verdoso, muy mío y pegadizo como el meconio depositándose tozudamente encima de tal agujero peludo, profundo, oscuro y negro. Negro oscuro. Negro brillante, seco.

– ¿Y de dónde vamo’ a sacar veinte dólares?

– Los tengo yo aquí…

Las manos gobernadas por los dientes de la cabeza negra del cuerpo del tipo de escupitajo fácil van lentamente al bolsillo trasero y desembolsillan una billetera con veinte dólares pintarrajeados de colores diversos como todos los dólares cubanos. Los dos ojazos rojizos del negro brillan ahora como par de antorchas. La suma de los ojos con la fosforescencia blanquecina de los dientes se me vuelve a las tres de la mañana el efecto de desamparar por horas una botella al sol.

– ¿Entonces?

Mudo.

– ¿Entonces?

– ¿Y tú crees que se deje?

– No sé. Si no le vas a preguntar…

3

– Mimi, ven acá un momentico.

Hablo directamente con un culo.

– El prieto aquel y yo tenemos veinte dólares pa’ derretirte encima.

– ¿Dos tipos por veinte dólares?…

En lo que el culo piensa conversamos mi lucidez y yo:Piensa… Piensa… Pien…. Sa… Pien… Sa… Sa… Pien… S… Sa… Piens… Sapiens… Homo… Piensa… Sapiens… Homo Erectus… Erectusest… Erectus… jacta est…

– ¡Por treinta me cogen el culo!

Mi lucidez: ¿Los dos?

El culo: ¿Los dos qué?

Mi lucidez: El culo…

El culo: De uno en uno…

Mi lucidez: De uno en uno, claro…

Yo: (A Mi lucidez) ¿Y el escupitajo?

Mi lucidez: (En voz baja) Viene incluido, imbécil…

Yo: (Con cara de imbécil) Claro, claro…

El culo: ¿Entonces…?

Mi lucidez: ¡Hecho!

El culo: ¿Y la amiguita mía, no les cuadra?

Yo: (A Mi lucidez) Es una caña…

Mi lucidez: ¿Cómo es el trato entonces?

El culo: Por cincuenta…

Yo: (A Mi lucidez) ¡Cincuenta dólares!

Mi lucidez: (A Yo) Tranquilo, bróder…

El culo: ¿Se deciden?

Mi lucidez: El problema es… que entre dos no llegamos a cincuenta. Tendrían que ser tres.

El culo: ¿Quién es el otro?

Mi lucidez: De los dos prietos que tienen el culo puesto sobre la acera, el más chiquito, el de la guitarrita…

El culo: Me parece muy bien.

Caso cerrado. Mi lucidez y El culo se dan la mano en señal de confianza. Ahora que se acerca, la amiguita de El culo es un mamut.

4

Mamut y Jorgito no han dejado de ajuntarse las lenguas salivosas a las seis cuerdas de la guitarrita.

Mientras vencemos de dos en tres las escaleras del pasillo tenebroso que conduce a la casa de alquiler, el negro Denis lo único que piensa es de dónde va a sacar cincuenta dólares cuando llegue el momento, previamente manchado el culo celulitoso de Mamut y las tetas puntiagudas de El culo de un blanquecino líquido mortuorio típico de los tipos.

El culo va delante con sus dos nalgas macizas enormes en un ir y venir, zigzag, zigzag…Le digo a Denis que se olvide de eso, que ya Mi lucidez buscará el modo de sacarnos de esta, que mire el culo aquel, zigzag, zigzag…

Mamut sin ropa es un mamut sin ropa. El culo luce como un culo enorme. Comienza el tocantinotocadero/ me empino en cueros/ todo por dinero…

Nosotros como buenos comensales nos mantuvimos con las pingas tiesas pululando en las manos mientras Mamut y El culo se besaban. Tanto que una succionó a la otra. Tanto que aquella acabó por morir.

 

5

– Los culos no son seres ahuesados – me comenta Jorgito por instinto mientras noto en su boca una herramienta rala, abstracta, organizándose. Una sonrisa tierna color plátano que disminuye progresivamente, que progresivamente se transforma en una herramienta poco menos útil. Algo como un cincel.

No entiendo cómo logra sonreírme. Mi lógica predice un gusto irrisorio por las guitarritas. Debe estarse sintiendo en el Valhala con las rodillas firmes sobre el suelo y la piel de las manos deshilachada por las seis cuerdas de la guitarrita ya fuera de esta, lejos, carcomiéndole las dos muñecas, y los dos tobillos, frente a las dos columnas que diviso, la vertebral incisiva a la espalda y la jónica que calza las paredes.

– Mi Si Sol Re La Mi- comento adentro, pero la voz irrumpe con un deje tembloroso, inevitablemente melancólico, como una guapería que no se llegara a consolidar…

Mamut me habló de los cincuenta dólares. Yo Si- Mi- Sol haciéndome el gracioso. Los nervios hacen maldades infames, los chistes, la rutina, los excesos.

– Mi Si Sol Re La Mi – le espeto en seco. Re- La- Mi- Mi- Si- Sol… La- Mi- Re… Re- La- Mi- Mi- Si- Sol… Mi- Cin- Cel…

El cartero nervioso trajo malas noticias.

6

Los culos no son seres ahuesados. Y la cabeza negra del cuerpo de un tipo sin cabeza se acerca lentamente. Redonda y lentamente por el suelo. Tristemente hacia aquí.

Aimeé (Dear Mama)

Publicado: mayo 21, 2014 en Uncategorized

Lloro sin ganas

y te vi perderte mientras movías la mano

como quien hasta pronto.

 

Yo nunca miro atrás: cuestión

de orgullo, estupideces mías mejorables

pero te vi perderte en ese carro con

tu uniforme de maestra master que no fue a trabajar por

imprimir

mis maniobras

imperceptibles,

y por llevarme

un pomito con jugo de mango.

 

Lloro sin ganas y escribir no puedo pero escucho,

pero escucho y recuerdo y

tengo ganas de pegarle un abrazo a esos dos ojos

de jicotea linda que me quiere.

 

Además, me jode amontonarte tanta basura escrita desde

este par de manos incapaces de decir lo que sienten como lo

sienten sin pensar y punto.

Pero tú.

Sé que piensas en mí y que

yo

jamás

seré un duende de barro con pintura vigía

del jardín de la casa que sueñas, que no tienes.

 

Eres tan rara. Me pareces tan

distante

compulsiva

deshojada

y tan mía a la vez que soy tan tuyo.

Evocación mediocre.

Técnicas infalibles para el llanto pero

este par de manos

no se sueltan,

y no saben decirte aunque lo intentan.

Y lo intento

a medida

que te pierdes en ese carro con tu uniforme de maestra master

que te has ganado por tus tempestades.

Y llevas en el bolso lo que

queda del jugo de mango

y de esos besos fríos como estos versos sosos,

desaliñados

que te suelto encima

como una maquinaria

de escribirte

estos versos con tornillos y tuercas desveladas

que no van a gustarte;

que no pueden gustarle a ser alguno que

entienda lo distinto que

se ama y lo que cuesta

escribir un poema de amor cuando es amor real

sin vísceras,

con sangre

y con el tedio

y la nostalgia,

tu soledad que tantas veces debes haber tragado con

diasepán y con

creyón de labios.

 

La eternidad.

La muerte.

La sospecha.

Los puntos y el hermano que no tengo porque estás

tan vacía por mi culpa.

 

Y yo tan lleno, tan desesperado,

y tan falto de abrazo porque te vas

en ese carro blanco con

tu uniforme de maestra master a dejar los riñones en la escuela

para poder darme luego cincuenta pesos

y excusarles dentro el

te amo.

 

Tú y los recuerdos. Tú y esa vez que entré

al cuarto de repente

y te descubrí

penetrada

por un narizón

estúpido

que me quiso comprar con un video y

una jarra de cerveza

cuando tenía como siete

años.

No sé si más.

No sé si fueron menos.

Pero esa imagen.

Y aquellos poemas en los que no aparezco.

Y todas esas veces que lloraste.

Y la vez que me rompiste las libretas no

sé por qué maldito

arranque de histeria de esos

que te dan a veces,

que siembran odio en esos ojos grandes

y sales pa’ la esquina a matar mi jaba

de juguetes plásticos en el poste que

aguanta la basura que vierten los vecinos, o los ángeles.

Esos ataques

de histeria y de odio que siempre son amor

cuando te obligan a correr luego a traer mis juguetes ,

a pedirme perdón, a armarlos todos

aunque no seas capaz de ponerle

la rueda que le toca

al carrito que le toca.

 

Aunque seas capaz de apoyarme siempre.

Cuando tengo y no tengo las razones. Cuando

me dan mis ataques

de histeria por decirte

que te odio por romperme los juguetes, las libretas;

pero corro a buscarte como un

sauce

no más siento un tonito

repugnante en la voz deun profesor cualquiera.

 

Y te veo partir en ese carro con tu uniforme

de maestra master que te merece el sudor

y el orgullo de tus cuarenta

y pico de años

mínimos

y tus ojos de jicotea hermosa que

me quiere,

que devuelve la vista al percatarse de que desaparezco

de repente

en ese

horizonte de líneas

de trenes

y pancartas

y carros

y camiones,

del milagro cotidiano del huevo frito

y los candados de la reja

sin volver a pensarte

de momento;

tal vez mientras te cubres

la nostalgia de que otra vez no te dije

te amo,

de que otra vez plantaste otro

te amo

que germinó vacío,

deshojado,

sin frutos ni raíces porque

hasta ahora nacen de mi pecho:

mi pecho moraúzco

de negro insoportable que te adora hasta más no poder.

Voyeur

Publicado: abril 9, 2014 en Cuento, Jesus Jank Curbelo
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Vivo como un flamenco, con una sola pata como apoyo en el suelo y la otra en la rodilla. Parado en la ventana viendo los edificios, el garaje de cinc de los vecinos de abajo, pensando cómo hacerme una plantilla con mi nombre con una caja de cartón corrugado porque el último drama que se me ocurre es ser un grafitero de los kilos de Banksy sin saber dibujar. Leer el resto de esta entrada »