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I

Esto no debería escribirlo yo. La verdad es que a mi novia la croniquita esta le hubiera queda’o de lo más pingúa… Pero yo sé que ella no va a hacerla. Además, está durmiendo. Y después de un mal día, a las cinco y 29 de la mañunga, lo mejorcito es dejarla que duerma.

El caso es que ayer martes, 26 de noviembre 2013, me tiré un baño y salí pa’ la escuela como todos los días de esta vida. Ingrid se quedó sola en la casita. Cuando me levanté, a las seis y media aeme, preferí no llamarla. Que no fuera al trabajo, si total… 

Se había pasado la noche despierta. Entre el hambre constante y las quiméricas patadas y piñazos del Nachito kick boxer que me le está creciendo en la pancita, vino a dormirse media hora antes de que yo me levantara.

En fin que le preparo el desayuno (Materlac con tostadas), se lo llevo a la cama, desayuna, y se vuelve a romper de lo más linda…

A eso de las doce y diez del día, salí yo pa’ la escuela.

Ahora… Imagínate que eres una rubia con seis meses de embarazo. Que vives con tu novio periodisto en el mismo bajovientre de Centro Habana, Zanja y Belascoaín, octavo piso; un edificio ahí, casi cayéndose, que comparado al mundo circundante sería como poner la house de Akon (con tubo para striptease incluido) en cualquier zona arenosa de Burundi.

Imagínate que te levantas de la cama porque el niño que te está creciendo adentro dice que ya es momento de que almuerces.

Y hay un ruido en la puerta…

Que se hace un ruido cada vez más fuerte…

Que sientes que se está casi cayendo…

Que no es la ventolera de cuaresma que pensaste que era porque ni es miércoles ni es de ceniza…

Que son dos negros y una pata e’ cabra…

Que lloras. Llora el niño. Llora todo…

Que pasas el pestillo y das un grito…

Que los dos negros y la pata e’ cabra salen corriendo… 

Que no logras verlos. Porque a los arquitectos del 50 se les ocurrió poner el visor de la puerta a la altura del pecho de la gente…

Que te armas de un cuchillo de cocina…

Que coges el teléfono y le marcas a tu padrastro y a la policía, y al penco de tu novio que salió de la casa 20 minutos antes…

Que sales de la casa y los vecinos/ los vieron que cogieron la escalera/ que preguntaron por un tal Fernando/ que nadie sabe quién coño es Fernando/ que son dos negros y una pata e’ cabra que no son para nada sospechosos/ los pobres, “andan buscando a Fernando/ y los dejamos irse pa’l carajo/ iban con dos mochilas, y ambos negros andaban con pulóveres azules/ y bajaron corriendo la escalera/ pero mija, mi esposo está operado/ y yo andaba saliendo de la casa, que tengo un par de yumas alquilados/ pero no cojas lucha…”

II

Ahora, imagínate que eres yo. Un mulatico ahí medio guanajo que estudia periodismo y quiere ser escritor. Y cosmonauta. Y herrero. Y carpintero. Y vender churros. Y cualquier cosa menos periodista que dé dinero pa’ criar al niño lo mejor que se pueda, que no es mucho, pero es mejor, y lo mejor en fin…

Que cogiste un P12, casi cayéndose como todos los P.12… y los P.11… y los P.10… P. Etcétera…

Que llegaste a la escuela y que llegando, ya tienes tres perdidas en el móvil. Es tu novia. La llamas. Da ocupado. La vuelves a llamar. Sigue ocupado. Insistes. Ocupado. Llama ella. Está llorando y tú casi no escuchas. Dice que están rompiéndole la puerta. Que ella está adentro. Que salgas corriendo.

Sales corriendo. No tienes dinero. Y si esperas el P la matan antes. Me voy a pie. O no. No sé. Qué hago. Y hay una amiga que te para un taxi. Te da los 20 pesos de su almuerzo. Se lo agradeces. Vas dentro del taxi. Llamas al 106. La PNR. La operadora te zumba el disquito de musiquita clásica angustiante. Y entre Chopin y el reggaetón del taxi mejor te ahorcas en defensa propia.

Operadora. Es para denunciar/ un robo. Está ocurriendo ahora mismo. Zanja y Balascoaín. Octavo piso. Y mi novia está adentro, embarazada. Espere, no me cuelgue ciudadano. Y me pone la puta musiquita. Se cae la llamada. Vuelvo y llamo. Bájame el reggaetón si puede’, ekobio. Y están en rojo todos los semáforos. Operadora nueva. Musiquita. En qué puedo servirle. Operadora. Es para denunciar/ un robo. Está ocurriendo ahora mismo. Zanja y Balascoaín. Octavo piso. Y mi novia está adentro, embarazada. Espere, no me cuelgue ciudadano. Y me pone la puta musiquita. Se cae la llamada. Vuelvo y llamo. Bájame el reggaetón si puede’, ekobio. Y están en rojo todos los semáforos. Operadora nueva. Musiquita. En qué puedo servirle, ciudadano…

Zanja y Belascoaín. Repinga, apúrate. La gente dentro del taxi chuchucheando. Déjame en la parada, aquí, mi ekue. Y es tan singa’o el taxista que te cobra. Y se demora para darte el vuelto. Debe ser otro negro e’ Centro Habana consorte de los de la pata e’ cabra…

Sales corriendo que ni ves las calles. Te armas de un bolígrafo sin tinta que puede usarse de objeto punzante. Sacas las llaves y sigues corriendo. No hay ni un singa’o policía cerca. Lo único que parece un policía es una señora de uniforme verde. Capitán de las FAR. Pues esta misma. “Señora, están robándome en la casa. Y mi novia está adentro, embarazada. Ayúdeme, por Dios, o por su madre…”

“Ah no mijito, yo estoy apurada. Además, eso no es problema mío. Eso es problema de la PNR. Y la Unidad te queda ahí, cerquita. Así que si la matan te jodiste. Apúrate si quieres. Y compóntelas como tú puedas con el tal Santiago…”

“Gracias, señora. No debió molestarse. Después de todo el uniforme ese no sirve pa’ ni pinga ni cojone. Namá pa’ que mi novia se desgaste trabajando como una puta perra para pagar su sueldo de militara sucia, chupapingas. Y a mí no hay dios que me coja pagando la MTT de nuevo…” En fin, la playa.

Sigues corriendo. Ves un patrullero/ del otro lado de Zanja. Vas a verlos. – ¿Este es el patrullero que mandaron pa’ Zanja y Belascoaín? – Sí, este mismo. – Vamos conmigo, es en el edificio. Están tratando de romper la puerta. Y mi novia está adentro, embarazada…

Sales corriendo con el policía. Es un mulato como de 1.80. Increíblemente, agradable. Debe de estar recién estrenadito en el viejo arte del policíaje. Lo confirmo mirándole los grados. Una sola rayita, vertical. El típico gradito que les ponen pa’ que no tengan los hombros vacíos. Y por mí que lo asciendan a teniente por conservar su agradabilidad.

Vamos por la escalera. Por el elevador. No sé. Por dónde/ llegaremos más rápido a la casa. Es que estaban robando y que mi novia/ me llamó, y está adentro, embarazada.

Mira, es aquí. Toco la puerta. Ella. Nerviosa y con los ojos como un sauce. La puerta tiene una magulladura justo al lado del yale. – La forzaron. Pero al descaro. Mírala. Está rota. -¿Qué fue lo que pasó? – Yo sentí un ruido. Y eran dos negros y una pata e’ cabra. Los vecinos los vieron. En la escalera. Les preguntaron por un tal Fernando.

“Mire oficial, yo tengo una sospecha. Ayer vinieron dos fumigadores. Un negro fuerte y un flaco dientuso. Me llamó la atención porque no estaban ni siquiera vestidos de uniforme. Yo normalmente no le abro a esa gente, pero estos me cogieron cuando iba de salida. Yo les di el papelito y lo firmaron. Me llamó la atención porque metieron la cabeza en la casa, prácticamente…”

“Si, ciudadano. Tiene que ser cuidadoso con esas cosas. Se han dado varios casos en que los mismos fumigadores entran a robar. Usan la fumigación como coartada pa’ ver lo que hay dentro e’ la casa. Y te vigilan. Y después entran y te llevan todo… ¿Van a hacer la denuncia?”

“Si, como no, oficial. Esta es la segunda vez que fuerzan la puerta en este año. La otra vez fue en mayo. Y fue lo mismo. No nos pudieron entrar a la casa. Vinieron los peritos, y los perros. E hicimos la denuncia en la Estación…”

III                                                    

                                                 “¡La contrainteligencia es… la contrainteligencia, chabal!”

                                                                               de un animado de Elpidio Valdés. 

 

¡Yo nunca había visto un patrullero por dentro! En cuestión de minutos sentí en carne lo que ha sentido Mumia tantos años en el Corredor de la Muerte. O lo que siente una pinga en un culo, que debe ser lo mismo.

El caso es que abre una sola puerta. Y que esa puerta no abre desde adentro. Y que no abren ni las ventanillas a no ser que las abran desde la cajuela del conductor. Además, no hay espacio. Y hay un tareco de blindaje plástico, como en las limousines de las películas, que hace que no escuches ni timbales lo que sucede afuera. Y este individuo socialmente amable se ha declarado herméticamente claustrofóbico de la tarde ayer en adelante…

Y después, la Estación. La verdad, podía haberme ahorrado la experiencia del patrullero por dentro; de todas formas la colosal distancia que separa la Estación de mi edificio vendría siendo como cuadra y media. Aunque es probable que el protocolo policial exija la inclusión del individuo víctima dentro del patrullero para este tipo de circunstancias privativas.

– Siéntate ahí, y espera que te atiendan.

¡Y se fue! El policía buena onda fue bajando, con su chofer, en la patrulla taxi, y me dejó solito con mis nervios y mis ganas de llorar. La suerte es que yo soy un niño grande, y que los niños grandes nunca lloran… ni por mucho que mamen…

Media hora después:

– ¿Qué fue lo que pasó?

– Buenas tardes, oficial.

– Anjá, ¿qué fue lo que pasó?

– Es que forzaron la puerta de la casa. Eran dos tipos y una pata e’ cabra. (Si digo que eran negros, es probable que me deje durmiendo en la Estación). Los vecinos los vieron. Dicen que eran dos, uno más oscuro, fuertecito él, y otro más claro. Andaban con pulóveres azules… Yo tengo una sospecha, porque ayer…

– ¿Y qué se llevaron?

– No pudieron entrar. Mi novia estaba adentro, embarazada, y metió un grito, y salieron corriendo…

– Entonces no se llevaron nada.

– No.

– Pero si no se llevaron nada no fue un robo.

– No, le dije que no pudieron entrar. Fue un intento de robo. Ya es la segunda vez que pasa en este año…

La Estación es un churre. Lo único que hay dentro es un borracho senta’o en una silla. Parece que lo detuvieron, por borracho. Y los dos negros con su pata e’ cabra viviendo por ahí sus dulces vidas de negros fuerzapuertas…

– Deme su carné.

– Lo dejé en la mochila. Como me trajeron corriendo, no me dio tiempo a cogerlo. Si le sirve de algo, lo que tengo arriba es el carné de la FEU. (Yo siempre tengo el carné de la FEU en el bolsillo, pa’ enseñarlo en la guagua y pagar mis respectivos 20 kilos)…

– Deme ese mismo…

Se lo doy.

– ¡Pero esto no dice su dirección!

– No, es el carné de la FEU… de la Universidad (digo yo, por si no sabe qué timbales es la FEU).

– Entonces no me sirve. ¿Cuál es su dirección?

– Zanja y Belascoaín, octavo piso. Lo que no me sé es el número del edificio…

– ¿Pero tú no vives ahí?

– Si, pero no me sé el número.

– Entonces tu carné no está por Centro Habana.

– No. Yo vivo en casa de mi novia, que está embarazada.

– ¿Y quién es el dueño de la casa?

– Ella.

– Pero entonces tiene que venir ella.

– No pudo venir. Es que estaba muy nerviosa. Como le dije, está embarazada.

– ¿Y qué tiempo tiene?

– Seis meses.

– Entonces puede venir.

– Sí, pero estaba nerviosa. Me pidió que viniera yo.

Interrumpe una oficiala. Trae unos papeles en la mano. Me doy cuenta de que son unas recetas médicas.

– Mira, Fulano. No te pude conseguir las pastillas.

En lo que Fulano da el berro me fijo en sus grados. No tiene placa puesta, así que no pude ni aprenderme el número pa’ denunciarlo aquí como Dios manda. Pero salta a la vista que el tipo es un peste a pata. Ni siquiera tiene un grado que se respete. Yo no me sé los grados, pero nadie en su sano juicio respetaría a un oficial cuya charretera muestra orgullosísima una sola rayita jorobada, así, como una V. Vaya, que puede considerarse una chealdad de su parte ponerse eso en el hombro.

Además, tiene seis dedos en cada mano. ¡Virgen del cielo! ¡Seis dedos en cada mano, con sus respectivas seis uñas! ¡Por lo menos debe tener contenta a la oriental de su mujer! ¡Si yo con cinco dedos hago magia, con seis tuviera un show en Teleporno!

– Mire ciudadano, le voy a hablar claro. Esto es una denuncia contra personas desconocidas. Y como no se sabe quién son, ¿quién le va a pagar a uste’ los daños de la puerta?

– El problema no es que me paguen los daños. La puerta es lo de menos. El problema es que cojan a los ladrones, ¿no?

– Entonces, me dijo que su novia estaba en la casa…

– Sí. Estaba sola.

– ¿Y por qué la dejó sola, si está embarazada?

– Porque tenía clases. Le dije que estoy en la Universidad.

– ¿Y entonces cómo se enteró de que estaban robando?

– Porque ella me llamó por teléfono, llorando.

– ¡Pero tenía que haber llamado a la policía primero!

– Tiene razón, pero supongo que estaba nerviosa y me llamó a mí. Yo fui quien llamó a la policía.

– Pues le dice a su novia que pa’ la próxima llame a la policía primero.

– O sea, que va a haber una próxima.

– ¿Y qué pasó la otra vez?

– También forzaron la puerta, y no pudieron entrar. Mandaron a los peritos, con los perros. Mi novia hizo la denuncia.

– ¿En esta Unidad?

-Sí.

– ¿Y quién la atendió?

– No sé.

– Pues esta denuncia no procede. Tiene que venir la propietaria.

– Pero le dije que está embarazada. Está de reposo.

– Pues venga usted con el carné de ella y traiga el papelito de la denuncia de la vez pasada.

– Ah, está bien. Un millón de gracias, oficial…

IV

De vuelta al edificio, los vecinos. La cuidapuertas con la puerta abierta pa’ que entren negros con sus pata e’ cabras… O las patas de cabra sin los negros, como Juan por su casa… Y todo sigue idéntico… ¡De pinga!

Tomás el encargado/ una señora/ la extranjera del frente que también le forzaron la puerta hace unos meses y le llevaron hasta el pesca’o del frío/ la viejita del final del pasillo, que vive sola y tiene un miedo enfermo/ los vecinos que vieron a los negros bajar por la escalera/ la escalera/ el elevador/ todo preocupaciones/ y chisme y chuchuchú pa’ ni timbales…

Un edificio es como un país, pero a pequeña escala. (Esta es la parte en la que galanteo mi reaprendido oficio de periodisto angosto)…

Pues desde este edificio, mi edificio, un edificio ahí, casi cayéndose, reportó para ustedes RFG2, otro ciudadanito descontento del que Pepe Alejandro no va a escribir jamás en el periódico; que lo único que gana en todo esto es una claustrofobia obsesionada, y una puerta forzada por dos negros que ahora cuesta cien fulas enrejar.  

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